“Araki incompleto” es un título a sabiendas redundante para una exhibición del fotógrafo más prolífico, controversial y desobediente de Japón. Por más de 50 años, Nobuyoshi Araki ha empujado los límites de la producción —ha tomado un número incontable de fotografías, reunidas en algo así como 500 libros— y ha empujado asimismo los límites de la libre expresión. Una vez fue arrestado bajo cargos de obscenidad, y las autoridades japonesas y extranjeras han censurado sus exhibiciones del paisaje urbano de Tokio, de flores en su esplendor y, más notoriamente, de mujeres atadas con la antigua técnica barroca de amarras conocida como kinbaku-ki o “la belleza de atar apretado”.

Aún más que su colega Daidô Moriyama, o el levemente más joven Hiroshi Sugimoto, Araki ha emergido como el fotógrafo vivo más famoso de Japón, y el maestro de las cuerdas de 77 años ha disfrutado últimamente de una vuelta triunfal. Hoy asiste a su exhibición más grande en Nueva York, aunque en una institución de distinto tipo: el Museo del Sexo, más conocido por su castillo inflable anatómicamente explícito y su bar al estilo Studio 54 que por su compromiso con las artes.

El Museo del Sexo trajo a Maggie Mustard, especialista en fotografía japonesa, para organizar la muestra junto a Mark Snyder —director de exhibiciones del museo—, y los entramados de “Araki Incompleto” son las deudas del fotógrafo para con el modernismo literario japonés, la línea entre el arte y la vulgaridad, el fetiche occidental con la mujer asiática, y las relaciones de poder entre fotógrafo y modelo —la cual, ocupando un término que agradaría a Araki— puede ser muy enredada.

Aprecio el esfuerzo, aun cuando la audiencia aquí es —¿cómo decirlo diplomáticamente?— no muy preocupada de saber acerca del desarrollo del estilo fotográfico japonés en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. ¡Lo que está bien en ocasiones! Un viernes en la noche reciente (el museo está abierto hasta las 11 PM), vi a parejas realmente disfrutando frente a las imágenes de Araki, riendo nerviosamente frente a las fotos más pícaras, mirando de cerca el brillo de un kimono de seda sobre cuerdas ásperas y tirantes. Estas fotos son mucho más que arte erótico, pero los curadores han hecho su trabajo, y algunos visitantes de museos se comen con la mirada también al David y la Venus de Milo.

Sabrás que no estás en un museo tradicional desde el principio de “Araki incompleto”, cuya primera galería oscurecida contiene una red de cuerdas anudadas. Cuatro de sus imágenes más explicitas en blanco y negro aparecen bajo un foco. Una de ellas, de 1997, retrata a una joven mujer suspendida de la viga de un techo, su expresión gélida, su cabello recogido en un moño de geisha conocido como shimada, sus partes íntimas sólo parcialmente cubiertas por un lirio floreciente.

La atadura con cuerdas, sin embargo, ha sido sólo una de las temáticas de Araki, y esta muestra abarca toda su carrera aun cuando se enfoca en su lado erótico. Incluye algunas imágenes de su temprano y conmovedor “Viaje sentimental” (1971), cuyas impresiones a pequeña escala documentan su luna de miel con su esposa, Yoko. Araki logra capturarla mirando al vacío en un tren bala, tendida desnuda en una cama, y, en una de sus más famosas imágenes, durmiendo en un bote en el río en Kyushu, con su falda a cuadros contrastando con la esterilla tejida de la embarcación. Ilustró un desgarrador epílogo luego de la prematura muerte de Yoko a causa de un cáncer de ovarios, en 1990; la vemos en un ataúd sumergida entre flores, su rostro tan iluminado que parece un ángel rumbo a casa.

Hay unas excelentes impresiones de las coloridas fotografías florales de Araki. Y ahí está el glorioso y repleto Tokio, cuyos árboles en flor y clubes nocturnos de poca monta han sido su musa más fiable. Si Araki ha amado alguna vez algo más que a su esposa es la megaciudad de 35 millones.

De todas formas, las cuerdas son a Araki lo que la pintura azul era a Yves Klein, y en el Museo del Sexo, las ataduras tienen un lugar predominante. Sus modelos amarradas no suelen estar completamente desnudas, y usualmente tienen sus ojos fijos en el lente. No sonríen, pero tampoco luchan. Un pequeño número de sus fotografías cosifican a sus modelos, pero en su vasta mayoría las mujeres en amarras están en control de la situación. Sus fotografías más impresionantes están tomadas con colores saturados, con rojos y verdes intensos, pero aquellas en blanco y negro se sienten a ratos pesadas, algo muy parecido a pornografía con pedigrí.

Entre las muchas cosas que destacar de “Araki incompleto” tal vez la más importante es su insistencia en el accionar de las mujeres en la construcción de estas imágenes, incluso entre asimetrías de poder que nunca podrán ser eliminadas. Destacable también la serie “Eros de una mujer casada”, para la cual cientos de ciudadanos de a pie han postulado para posar. Araki ha producido más de 20 de estos libros, exhibidos aquí entre cientos de otras publicaciones.

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