“La modernización de América Latina no consistiría simplemente en aplicar las políticas adecuadas para alcanzar el ansiado desarrollo, sino en preguntarse primero por los fundamentos del modelo que intentaba imponerse y que, sin embargo, nadie cuestionaba”.

I Los tiempos de crisis suelen llegar acompañados de incertidumbre e incomprensión, y es habitual que ambas sensaciones se traduzcan en una dificultad para explicar lo que se está viviendo. En los últimos años, tanto Chile como el mundo parecieran estar en un escenario de crisis. A nivel local, son diversos los actores que así lo han destacado, a pesar de que no exista acuerdo sobre su naturaleza ni alcances. Con el empuje de las movilizaciones estudiantiles del año 2011, se inició un cuestionamiento a las bases de nuestro sistema educativo que, progresivamente, fue abarcando otros niveles del ordenamiento social actual. Hoy en día, éste se expresa, entre otras cosas, en un descontento ciudadano transversal que algunos intelectuales incluso han definido como una “nueva cuestión social”.

Superar la desorientación que trae consigo toda crisis exige comprenderla, antes de resolverla. Y para ello, siempre puede ser de ayuda retomar a quienes en otros momentos han intentado interpretar sus propios escenarios de crisis. El libro de Pedro Morandé “Cultura y modernización en América Latina” constituye un esfuerzo de este tipo, y es esta motivación la que primeramente explica la reedición que aquí presentamos. Publicado en 1984 por la editorial de la Universidad Católica, institución donde Morandé desarrolló toda su labor académica, este libro ofreció una explicación del complejo escenario en el que se encontraban las ciencias sociales latinoamericanas a inicios de la década de los 80; situación que involucraba también, y en primer lugar, al paradigma de modernización que sustentaba sus principales propuestas. Esta “crisis”, en palabras del propio autor, tenía lugar en un contexto especialmente problemático para nuestro país: con más de 10 años bajo una dictadura militar, desde 1982 los chilenos experimentaban los “costos sociales” más duros derivados de la implementación del nuevo modelo económico. Ante los elevados índices de desempleo, devaluación de la moneda y empobrecimiento de un número significativo de la población, la gente se lanzó masivamente a las calles, dando inicio a un ciclo de protestas que supuso un gran desafío para el régimen. La sociedad civil experimentó así un proceso de rearticulación que se expresó, entre otras cosas, en el fortalecimiento de las múltiples organizaciones que liderarían las manifestaciones de descontento durante esa década. Entre ellas destacaron diversos centros de estudio independientes que, dando forma a una influyente red intelectual, permitieron la apertura de un espacio de reflexión y crítica a la situación en que se encontraba el país.

Tras su aparición, el libro de Morandé formó parte de este campo de voces críticas, aportando una clave interpretativa original para explicar, desde una sociología de la cultura, los límites y fracasos de los proyectos modernizadores del “desarrollismo latinoamericano”, los que habían sido concebidos por las escuelas de Sociología distribuidas a lo largo y ancho del continente. El desarrollismo, definido por el autor como una “teoría del cambio social programado”, desde los años 40 se había dedicado a desplegar distintos programas técnicos para superar los “obstáculos” que impedían a los países de América Latina convertirse en sociedades propiamente modernas. Dichos obstáculos daban forma a lo que el desarrollismo caracterizó como “sociedad tradicional”, categoría que se opuso a la “sociedad moderna”, hacia la que se debía, imperativamente, avanzar. El desafío del desarrollo era entonces, a juicio de Morandé, una cuestión puramente técnica. Con esta definición, el sociólogo englobaba los más diversos proyectos de transformación desplegados en el continente, con independencia de sus signos políticos e ideológicos. Abarcaba también al propio programa revolucionario del régimen militar que, simplemente, cambiaba la estructura fundamental de la integración social, esto es, del Estado al mercado. El objetivo, sin embargo, seguía siendo el mismo: una sociedad plenamente moderna.

La clave interpretativa de Morandé descansa en la crítica a ese desarrollismo. La modernización de América Latina no consistiría simplemente en aplicar las políticas adecuadas para alcanzar el ansiado desarrollo, sino en preguntarse primero por los fundamentos del modelo que intentaba imponerse y que, sin embargo, nadie cuestionaba. Para Morandé, América Latina llevaba décadas desgastándose —en algunos casos de manera especialmente violenta— en el esfuerzo por alcanzar una modernidad asumida acríticamente, en particular desde la sociología y los gobiernos con los que se vinculó, como si no fuera posible pensar una alternativa diferente, cuyas bases podían encontrarse en la propia historicidad de la región. Historicidad que, si era observada, permitiría reconocer al sujeto protagonista de la historia latinoamericana: el mestizo. Para fundamentar su tesis, Morandé retomó la tradición intelectual que, a su juicio, había sido la primera en preguntarse por la modernidad de América Latina desde esa perspectiva. Autores como Mariátegui, Eyzaguirre y Vasconcelos dieron forma a una “generación de nacionalistas latinoamericanos” que formuló una reflexión crítica sobre las modernizaciones emprendidas por las oligarquías del siglo XIX. A su juicio, las principales falencias se debían a un problema ético antes que técnico: era el ocultamiento de la identidad mestiza del continente la causa principal del fracaso de los países de la región en la búsqueda del desarrollo. Así, la tarea de pensar el futuro requería de una “reconciliación” con nuestra herencia cultural, identidad con la que había que presentarse al resto del mundo. El problema, desde la mirada de Morandé, es que la reflexión cultural de esa generación se fue perdiendo, pues los desarrollistas no quisieron reconocerse, ante ella, como sus herederos.

En un ejercicio similar al que hacemos nosotros al reeditar este libro, Pedro Morandé invitó con “Cultura y modernización” a retomar la “tradición del ensayo latinoamericano” que esa generación de autores representaba. Se trata de una tradición en la que él mismo, como bien revela su escritura, se inscribió. Su objetivo era que la sociología —y, de paso, todas las ciencias sociales— volviera a vincular la reflexión sobre la modernidad latinoamericana con su identidad cultural, pensando desde su particularidad y su historia las posibilidades de desarrollo. Apoyado en un sólido aparato teórico, el libro de Morandé tuvo una gran acogida en Chile y en los países vecinos, alcanzando una importante difusión que lo posicionó como un personaje influyente en el panorama intelectual de América Latina. Que la amplia recepción de su propuesta no se haya conocido de manera suficiente explica quizás la dificultad de comprender el papel que cumplió Morandé en su tiempo, así como la actualidad que, a nuestro juicio, siguen teniendo sus preguntas. A través del presente estudio preliminar de “Cultura y modernización” esperamos contribuir a enmendar esa falencia, revisando la historia de su producción y recepción. Pensamos que ese ejercicio puede ser de ayuda en nuestro objetivo más profundo: mostrar cómo la obra de Morandé nos sigue hablando e interpelando hoy, en el contexto en que como país y región nos encontramos.

II “Cultura y modernización” se terminó de escribir el 12 de diciembre de 1982. Tiempo después, su autor dijo no haberse percatado de que la fecha coincidía con el Día de la Virgen de Guadalupe, patrona de América. Para él, tal coincidencia simbolizaba aquello que su libro esperaba relevar: una religiosidad popular latinoamericana persistente y fortalecida en pleno siglo XX, constituida por una identidad cultural mestiza que cuestionaba la legitimidad y aspiraciones de los modelos de modernización imperantes. Morandé redactó este ensayo en su oficina en el Instituto de Sociología de la Universidad Católica (ISUC), al que había regresado a fines de los 70, luego de terminar su doctorado en Alemania. La Universidad Católica, en general, y el Instituto de Sociología, en particular, se encontraban en una situación especial. El régimen de Pinochet había intervenido todas las universidades del país, y aunque la Universidad Católica no experimentó medidas tan duras como otras instituciones, sus escuelas e institutos identificados con la izquierda —donde destacaban sobre todo las ciencias sociales— fueron sometidos a control, o derechamente clausurados. Aunque pudieron seguir impartiéndose algunos cursos, en el caso de la carrera de Sociología “la comunidad disciplinaria se desintegra”, y sólo logra rearticularse a partir de la década de 1980, cuando el instituto reabre con su programa de magíster.

“Cultura y modernización” nace en este contexto, y su autor es especialmente crítico a la hora de describirlo en su propio ensayo. El letargo que acusó en las ciencias sociales se debía en parte a las dramáticas “circunstancias políticas” en que se encontraba la gran mayoría de los países latinoamericanos, cuyo “horror a la crítica independiente” censuró y debilitó de manera importante a las disciplinas sociales y humanas. Sin embargo, a juicio de Morandé, la crisis de la sociología en la región no podía explicarse únicamente por razones externas: algo había en la “dinámica intelectual” de la misma disciplina que la había alejado de manera progresiva de sus preguntas esenciales. Volver a acercarse a ellas fue así un objetivo fundamental para el autor, que se expresó en su invitación a todas las ciencias sociales a estudiar el ethos cultural de América Latina, dando forma a una suerte de programa común para comprender la particularidad de nuestra región. Esta reflexión fue acompañada de una activa presencia de Morandé en el proceso de reapertura del ISUC en los años 80, década en que asume como director de la carrera. Así, desde su libro y su rol como académico, el sociólogo ocupó un importante papel en la reestructuración de una de las disciplinas más afectadas por el golpe militar, preocupándose de ofrecer —tanto en su libro como en la nueva malla de la carrera de Sociología— un camino de desarrollo para las ciencias sociales.

Aunque no constituye una referencia explícita en “Cultura y modernización”, el texto revela desde el inicio su filiación a Heidegger: al defender la importancia de la historicidad de su propia reflexión, Morandé reconoce no sólo los límites de su propuesta, sino también sus condiciones de posibilidad. En una suerte de declaración de principios, ya en el primer párrafo del prólogo el autor muestra cómo su texto no surge de la nada, sino que es expresión y reflejo del momento que vive: “A través de la reflexión, es la época quien se expresa revelando sus contradicciones, su problematicidad. Tal vez el autor no se dé cuenta inmediatamente de este hecho, pero tarde o temprano terminará por reconocerlo”, escribe. Pero más importante aún fue el impacto de esta tradición en su definición del concepto de cultura, categoría que atraviesa toda su reflexión. No pretendemos —tampoco podríamos— entregar una definición completa del término, pero sí establecer algunos de sus puntos esenciales. Desde la fenomenología y apoyándose en una teoría del símbolo y del lenguaje, el sociólogo ve en la cultura el fundamento de la vida social, entendiéndola como el ámbito en el que se configura históricamente la morada común. El primer dato de la realidad no es la conciencia subjetiva, como afirmaba la filosofía moderna, sino la experiencia originaria de estar en un mundo habitado con otros, un mundo de la vida que recibimos y al que pertenecemos desde el inicio. Morandé comenzará a sistematizar este concepto de cultura en su libro de 1984, dando forma a una categoría original donde quizás se expresa con mayor fuerza el aporte teórico de toda su obra.

Ahora bien, el diálogo de Morandé con la fenomenología no se explica sólo por su relación con Alemania, país donde realizó sus estudios doctorales. Esta tradición tuvo una especial acogida por parte de una rama de la teología latinoamericana que se reconocía como heredera del Concilio Vaticano II y de la II y III Conferencia Episcopal Latinoamericana (Celam) de Medellín y Puebla, realizadas en 1968 y 1979, respectivamente. Fue desde esta rama filosófica que la comunidad en torno al Celam fundamentó teóricamente el retorno al estudio y valoración de la religiosidad y sabiduría popular de América Latina, abriéndose con ello un intercambio fructífero al interior de la intelectualidad católica a ambos lados del Atlántico. Pedro Morandé formó parte de este movimiento, participando activamente en Puebla e incorporándose luego al equipo de intelectuales que dieron vida a la revista Nexo, en 1983, bajo el liderazgo del uruguayo Alberto Methol Ferré. La experiencia en este espacio fue clave para Morandé e impactó fuertemente en su libro. De hecho, es a partir de ella que avanza desde la crítica al desarrollismo hacia la invitación a volver los ojos al estudio de la historia y la cultura. En esa cultura, el sociólogo dedica especial atención a la religiosidad popular, práctica fundamental, según él, para comprender los dilemas en torno a la modernidad de América Latina.

III Existen pocos registros sobre el lanzamiento de “Cultura y modernización”. En el recuerdo de sus testigos, fue una ceremonia sencilla, como probablemente lo fueron la mayoría de las actividades intelectuales de los años 80. Realizado en alguno de los salones de la Casa Central de la Universidad Católica, el público —que no habría sobrepasado las veinte personas— lo conformaría principalmente el círculo familiar y más cercano de Morandé, así como algunas autoridades de la UC. No fue, por tanto, una ocasión relevante para la difusión del libro. Lo fundamental sería, en cambio, la distribución mano a mano al interior de la comunidad intelectual que Morandé había formado para ese entonces en Chile y América Latina.

Curiosamente, antes que en el de la sociología, fue en el mundo de la arquitectura y de la antropología donde se produjo la primera recepción del texto de Morandé. A diferencia de la sociología —que Morandé criticó justamente por no haber sabido descifrar la crisis de ese momento—, ambas disciplinas venían discutiendo desde hace algún tiempo sobre las causas explicativas del dramático escenario latinoamericano de las últimas décadas, así como sobre los límites de los paradigmas de modernización seguidos por la región. En el caso específico de la arquitectura, durante los años 80 diversos representantes del área reflexionaron acerca de la problemática configuración de las ciudades latinoamericanas. Estas, en distintos puntos del continente, experimentaban los efectos de una industrialización acelerada que hacía evidente que la “modernidad” también tenía sus defectos. Convergiendo en esta mirada crítica es que los arquitectos Cristián Fernández, Sergio Larraín y Eduardo Browne fundaron en 1982 el Taller América, plataforma desde la cual articularían una nueva interpretación para pensar el desarrollo urbano de América Latina. (…)

IV “Cultura y modernización” alcanzó una importante circulación en los años 80, influyendo en un debate público especialmente preocupado por los problemas que empezaba a mostrar la implementación de un nuevo proyecto modernizador. La clave de su acogida estuvo, creemos, en la capacidad de ofrecer una explicación original de la crisis, ya no desde la política ni la economía —que dominaban ese debate—, sino desde la cultura y la historia. Pero en ese esfuerzo, Morandé y la tradición de la que formó parte no estuvieron solos. En paralelo a la sistematización de su mirada sobre América Latina, algo semejante hacía un grupo de intelectuales en la India, que en 1982 fundó el Grupo de Estudios Subalternos. En este sentido, la década del 80 fue escenario de dos grandes críticas al paradigma de la modernización occidental, formuladas nada menos que en aquellas zonas geográficas que experimentaban con mayor fuerza los límites y contradicciones de los modelos inspirados en tal paradigma. Su condición periférica en el orden mundial del siglo XX, así como su estatus anterior de colonias, marcaría a una generación de pensadores a ambos lados del mundo, cuya propuesta se sostendría justamente en el cuestionamiento profundo a las bases de la modernidad europea, en cualquiera de sus versiones. (…)

LEER MÁS