Un hecho que parecía impensado hasta hace algunos años en la política chilena parece estar instalándose: una cierta descomposición en las relaciones entre los partidos de izquierda y su cuadro de intelectuales. O eso aprecia Daniel Mansuy (39), director de estudios del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES) y profesor de filosofía política de la Universidad de los Andes.

En contraparte, la derecha —apunta el doctor en Ciencia Política mientras se acomoda en su silla de la pequeña oficina que ocupa a un costado de la biblioteca central de la universidad— a lo menos se está haciendo preguntas incómodas.

—Parafraseando al Premio Nobel Mario Vargas Llosa, ¿hay una derecha cavernaria en Chile?

—En rigor, es un descalificativo. Quien enuncia esa frase se pone en una situación de superioridad que a mi juicio es bien incompatible con la democracia. Yo no diría que hay derechas cavernarias, sí diría que hay derechas que conectan mejor con los problemas actuales, y otras, peor. Creo, por ejemplo, que la derecha sigue teniendo un discurso puramente económico, una derecha que no logra conectar con lo que está pasando en el país, y hay una derecha con un énfasis demasiado puesto en el liberalismo individualista en temas como el matrimonio, drogas y aborto, que tampoco conectan, porque esos no son los temas que importan en el Chile de hoy.

—Hoy se está dando cierta crítica a una derecha, digamos, no intelectual. Hace poco, Ernesto Rodríguez Serra, del CEP, decía que los políticos de derecha eran unos "tipos espantosos". En la izquierda es difícil que alguien diga eso de los políticos de izquierda.

—Eso habla de que hay una vitalidad intelectual, de que hay una tensión, de que nos estamos haciendo preguntas. Hoy, sin embargo, en la izquierda ves a sus políticos de primera línea y son intelectualmente bajos. Nicolás Eyzaguirre, que era como el portento intelectual de la Concertación, ahora uno lo ve deambular en unas declaraciones de espanto, para no hablar del candidato (Guillier), que ya termina dando pena. A la izquierda, que en principio tiene mayor solidez, y de hecho en algún sentido la sigue teniendo, le está trayendo mucha dificultad traducir políticamente esa solidez.

—Bueno, eso es un poco lo que dijo en una entrevista reciente a El Mostrador el analista político Ernesto Águila sobre el PS: que hay una "falta de ideas". No lo menciona directamente, pero es claro que critica a personas como Álvaro Elizalde, que concebirían el partido sólo desde el clientelismo.

—Exactamente, es claro que está hablando de él. Hay un fenómeno en la izquierda: su densidad intelectual se ha ido debilitando. No tengo nada personal contra él, pero no vas a comparar a Ricardo Lagos Escobar con su hijo. Sigue teniendo intelectuales orgánicos, pero hoy la izquierda está políticamente desconectada de sus intelectuales. En ese escenario, este gobierno fue una frustración en varios sentidos.

—Si uno lo piensa, este gobierno es la síntesis de las teorías de dos intelectuales: Pedro Güell (el descontento ciudadano por el modelo) y de Fernando Atria (las vías legales para cambiar el sistema). ¿Qué pasó entonces, para que hoy haya esa desconexión entre la izquierda y su mundo intelectual?

—Me parece que la causa es algo que suele repetirse en la izquierda: al enfrentarse con la realidad, genera una inevitable decepción, porque hay mucha distancia entre la expectativa que se crea, y la prosaica rutina que impone el mundo. Hay allí un fracaso que la izquierda debe digerir, aunque aún no se trata de un fracaso cultural en toda la línea, porque la derecha tiene mucho que hacer aún para ganar una hegemonía que no sea sólo electoral.

Una izquierda que "no tiene hogar"

—En ese contexto, dónde quedan los esfuerzos de Ricardo Lagos en sus libros (por ejemplo ‘En vez del pesimismo. Una mirada estratégica al 2040'). ¿Qué izquierda es esa?

—Esa izquierda no tiene hogar, no tiene domicilio político. Tiene entidad en los centros de estudio, como espacio público, pero tiene que rearticularse. Ahora bien, yo no veo a partir de qué liderazgos, ni desde qué partidos podrá hacerlo. La verdad es que esa izquierda corre el serio riesgo de deshacerse, de convertirse en el sueño de una elite que no conecta con las masas.

—Hablabas de que aún había intelectuales en la izquierda. ¿Cuáles serían para ti los principales intelectuales de la izquierda hoy?

—Creo que Carlos Ruiz hace un trabajo interesante desde la izquierda del Frente Amplio. Desde el mundo socialdemócrata, el libro "Vivir juntos", de Oscar Landerretche, es un gran aporte.

—Si uno ve, por ejemplo, a la gente de Flacso o Cieplan —que fueron durante mucho tiempo los principales centros de pensamiento de la izquierda— sigue siendo la misma: Ángel Flisfish, Alejandro Foxley, Pablo Piñera o Patricio Meller. ¿No hace falta también una renovación de los cuadros intelectuales de la izquierda?

—Eso es cierto, pero los recambios son siempre muy lentos. Eso afecta no sólo a los cuadros intelectuales de la izquierda, sino que a sus cuadros políticos. La Concertación no hizo el trabajo de recambio, y hoy está pagando, al contado, los costos de esa omisión.

"Si miras la estantería de editorial LOM y buscas el símil del otro lado, no está"

—Volviendo a la derecha. En una entrevista a revista Capital, el empresario Nicolás Ibáñez explicaba por qué se metió a financiar un think tank como Fundación para el Progreso. Dijo: "Yo soy ignorante (…) nos hemos dedicado a trabajar, pero nos hemos preocupado de los sentires y los placeres. Y de repente estábamos rodeados de gente que hablaba en otro idioma". ¿Crees que hay cierta derecha que sigue siendo ignorante?

—Yo creo que este es un trabajo muy lento, no soy impaciente en ese sentido, es lento el proceso de que las ideas penetren, que tengan influencia. Pero efectivamente a la derecha le sigue faltando, aunque le falta menos que hace ocho años, una conciencia de que hay problemas intelectuales súper profundos en los problemas políticos, que éstos no se reducen sólo a lo económico o al marketing, sino que hay disyuntivas filosóficas y antropológicas en ello. Estas son ideas que han ido calando, pero falta muuuuucho todavía. Si tú vas a cualquier librería y miras la estantería de editorial LOM y buscas el símil del otro lado, no lo vas a encontrar. Eso pasa porque la masa crítica todavía es chica, porque somos pocos los que escribimos, porque hemos escrito pocos libros y porque nos faltan editoriales.

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