Acaba de cumplir 82 años. "A esta edad los años se lloran, ya no se celebran", dice con una fuerte carcajada Francisco Brugnoli. "Sigo haciendo todo lo que hacía, quizás un poco más lento".

Porque camina más despacio por el centro de Santiago, pero no ha dejado de hacer "jardinería pesada" en su parcela en Til Til, donde disfruta de las aceitunas, tunas y almendras. En Santiago hace clases tres veces a la semana. El resto del tiempo trabaja desde su amplia oficina —con vista a su departamento— en el Museo de Arte Contemporáneo del Parque Forestal. Desde ahí o en Quinta Normal, cierra pendientes antes de abandonar la institución en abril de 2018, tras casi 20 años.

"Nunca he podido descansar realmente. En febrero, trato de estar en la parcela lo más posible. Claro que la primera semana no lo paso bien, me pasa una cosa muy extraña, la adrenalina se me cae".

—¿Estos últimos meses han sido de dulce o de agraz?

—Está bien mezcladita la cosa. El museo ha crecido mucho, pero tengo una seria preocupación sobre lo que va a suceder. Porque este museo carece de presupuesto. Yo aquí partí con algunas premisas: la primera, restaurar el edificio y lo conseguimos. La segunda, conseguir un edificio nuevo, porque esta es una antigua escuela universitaria que nos queda como camiseta dos tallas más chicas. No lo logramos. Tercero, conseguir una situación sólida presupuestaria. Y si bien ha aumentado, estamos muy lejos del presupuesto que necesitamos.

"Tal vez nos apoyó Apple…"

El MAC cuenta con un presupuesto de $390 millones. De ellos, $270 millones los aporta la U. de Chile. Y no son suficientes. Los aportes que gestionan desde la Corporación de amigos del MAC tampoco (ver recuadro). "Hemos trabajado mucho con aportes privados. El banco Itaú ha sido muy generoso, como lo hizo con la muestra que tuvimos de la Bienal de Sao Paulo, pero se acabó", cuenta Brugnoli.

"El Museo de la Memoria tiene más de $1.600 millones de presupuesto al año y es más chico que nosotros y hace menos actividades", advierte. El Centro Cultural Palacio de la Moneda cuenta con $2 mil millones y el Centro Nacional de Arte Contemporáneo de Cerrillos, tiene $567 millones. "Y es chiquitísimo", acota. "Matucana 100 recibe sobre 600 millones y tiene el teatro también para financiarse; la Galería Gabriela Mistral recibe $200 millones".

—Es un problema que viene arrastrando hace rato, ¿lo siente crítico hoy?

—Sí, porque no hay continuidad. Pelambres nos apoyó mucho tiempo con $40 millones al año y dejó de hacerlo. Habíamos obtenido un apoyo bastante importante de AES Gener y también se acabó. Estoy hablando de aportes de funcionamiento, más allá de las exposiciones. Las restricciones presupuestarias dejan en un estado de fragilidad muy grande al MAC. Cuando yo recibí el museo (1998) estaba en una situación bastante precaria. Desarrollé una política estratégica para crear un museo necesario, que en la opinión pública existiera. Creamos la sigla MAC y la hicimos conocida… tal vez nos apoyó Apple (carcajadas). Nuestro público creció enormemente, pero no he logrado demostrarle al Estado y a las universidades que este museo es necesario. Quizás lo logre ahora que me voy, cuando ya nadie podrá decir: "Total, Brugnoli se las arregla" (risas). Pasa que ya no hay apoyos privados y tampoco habrá Brugnoli.

—¿Dónde se nota más la falta de dinero? Tienen un patrimonio de 3 mil obras, ¿cómo las mantienen?

—No tenemos restaurador permanente. Tenemos un archivo extraordinario, pero no tenemos un archivero. Vamos trabajando por proyecto. Hicimos un convenio con el Senado, a quienes les prestamos obras, restauramos obras de ellos y ellos nos apoyan con otras nuestras. Cuando otros nos piden obras prestadas, les pedimos financiamiento para sanitizar, limpiar la obra y entregarla en óptimas condiciones. Hemos sacado colecciones al aire, cuando podemos.

—Imagino que las adquisiciones se dificultan.

—¡Ah, no! Adquisiciones ni soñarlas. Sólo donaciones de artistas que han sido muy generosos. Ahora estamos por inaugurar una muestra de un coleccionista que nos entregó sus pinturas de artistas de los 60. No podemos decir quién es. ¿Supieron lo que sucedió con la exposición MacKellar en Las Condes (2012)? Apenas le devolvieron la colección le entraron a robar a la casa. Hay gente que trafica, hay raterismo. En las galerías de Alonso de Córdova siempre hay robos, siempre hay alguien que se lleva una esculturita de bronce y la vende por unos pesos.

Aún le duele el anuncio del Centro Nacional de Arte Contemporáneo Cerrillos, que ya cumplió un año. "Desde luego, hay una frustración, te plantan una competencia que distrae atención y fondos. ¿Por qué no colaborar, por último?".

—Ud. también tenía un proyecto cultural para instalar en Cerrillos, hace un par de años. ¿Qué pasó con eso?

—Era un proyecto nacional, pero instalado ahí, porque se va a crear una ciudad de 100 mil habitantes. Es una manera de pensar en una nueva generación y cuáles son los intereses locales. Acabo de dar una conferencia sobre los cambios culturales por las nuevas tecnologías, hoy todos los escolares están con celulares en sus manos, lo que significa una relación espacio temporal inédita. Hay que trabajar al interior de eso. Finalmente, otorgaron el espacio a la autoridad de Gobierno.

—¿Ese plan es una herida abierta?

—Es un pendiente. Hay una falta de atención a ese cambio cultural fenomenal que se está produciendo en nuestra base, muy rápidamente. El peligro es la incapacidad de reflexión. Es ahí donde uno tiene que estar asistiendo, con los artistas. Lo otro es puro consumo y placer. Y una sociedad hedonista es esa que no vota. De acuerdo a Lipovetsky, la sociedad está pasando del hedonismo, del vértigo del consumo, del botar para poder comprar de nuevo a la individualización. Hay cambios culturales y estamos caminando entre ellos. El museo debe visibilizarlos.

—Difícil entregar un plan medianamente armado sin plata.

—Es que no le puedo dejar armado el museo a mí sucesor. Puedo dejarlo lo más estructurado posible. Es un problema, pero debo decir que estar acá es un placer. Esto es lo más cerca del paraíso a que puede aspirar una persona.

—¿Usted se siente cómodo, a estas alturas, buscando financiamiento? Frédéric Chambert, lo hizo y le fue bien.

—No tengo prejuicios. Todo lo que pare el buque es bienvenido. Pero son dos cosas distintas. En Chile, el Municipal sería nuestro MET, ser amigo de ellos es lo más elegante que hay. Este es un museo de frontera que expone a artista patipelado o hace locuras con 5 mil empelotados.

—¿Se siente vulnerable ante los rayados en el frontis?

—Los rayados me alteran. Hay un problema con la educación grave. La única solución es cerrar esto. Con una reja que se abra a las 6 de las mañana y el museo en compensación crea acá un jardín de esculturas. Pasa que se espantan. En la mañana el olor en esta oficina es imposible. La puerta lateral es uno de los urinarios. Pero nadie nos escucha.

LEER MÁS
 
Más Información