«Pese a que ya tenía buenos antecedentes de su estilo por cintas que le hicieron llegar de Concepción, (Rubén) Nouzeilles quedó impresionado al escucharla cantar en directo. Sonaba graciosa y desenfadada, dramática e infantil; nunca antes había escuchado nada semejante en este país. Era una voz excepcional, atípica entre el panal de melosos cantantes que a diario golpeaban la puerta de su oficina».

Así describe el periodista Cristóbal Peña en su libro ‘Cecilia - La vida en llamas' (2002) el encuentro entre la joven cantante de 20 años Cecilia Pantoja Levi y el director artístico del sello EMI Odeon, Rubén Nouzeilles, a fines de 1962.

Un encuentro fundamental en esta historia, porque ese día comenzó el camino de Cecilia para convertirse definitivamente en una estrella.

Hasta entonces era una joven cantante de Tomé, pequeña ciudad al sur de Concepción. Allá se había integrado a un grupo formado por tres hermanos adolescentes, los hermanos González, que cantaban boleros y estaban acercándose al rock and roll que comenzaba a llegar desde Estados Unidos.

El grupo, por razones obvias, se llamó Los de Tomé, y con ellos Cecilia grabó un disco sencillo en 1961, para el sello RCA Victor en Santiago. Pasaron a tocar en auditorios radiales, pero su aventura musical no prosperó, y a su regreso a Tomé se quebraron como grupo.

Ella se quedó sola. A veces era cantante de apoyo de otro grupo de su ciudad —Los Singers— en la radio Simón Bolívar, donde un programador dio un paso fundamental: envió al sello EMI Odeon de la capital, siempre atento a los nuevos artistas, grabaciones de Los de Tomé. Rubén Nouzeilles, el director artístico, la citó entonces a una audición.

Así se conocieron y así comenzó, en 1963, la historia solista de Cecilia.

«Tenía profundas convicciones con respecto a lo que le gustaba y lo que quería. Como los grandes de su tiempo, Raúl Shaw Moreno o Lucho Gatica, tenía características tan propias que no podían compararse con nada. Por eso le puse la incomparable: porque en 30 años nadie la ha podido emular» (Rubén Nouzeilles, entrevista en La Tercera, 1998).

Nouzeilles fue el director artístico de EMI desde 1954 y por más de 20 años. Es artífice de las grabaciones de varios nombres de la música chilena, entre los que se cuenta Violeta Parra, quien grabó la mayoría de sus discos impulsada por él. Como ella, Los Quincheros, Quilapayún, Lucho Gatica, Cuncumén y Los Chileneros también deben parte de su historia a este ejecutivo nacido en la Patagonia argentina.

En medio de esa floreciente escena, Nouzeilles mandó a llamar a Cecilia a fines de 1962 a una audición. Casi de inmediato, como eran las cosas en esos tiempos, la hizo grabar su primera canción: "Uno di tanti". Una tema italiano, en lo que era una original opción en esos años, y cuya grabación dirigió el joven pianista Valentín Trujillo. El lado B del single fue más acorde con los tiempos: un suave y coqueto rock and roll en inglés compuesto por ella y titulado "Quiero vivir".

Desde entonces en esas dos aguas iban a navegar todas las canciones de Cecilia.

«El repertorio que grabará Cecilia, entonces, abrirá una brecha con el pasado al interior de la Nueva Ola, ya que serán tangos italianos, foxtrots y beguines los que compartan y se mezclen en sus discos con las tendencias más modernas de la balada, el rock lento y el twist» (González, Rolle y Ohlsen en ‘Historia social de la música popular en Chile, 1950-1970', 2009).

En 1959, el productor disquero chileno Camilo Fernández posibilitó la grabación del single de un joven cantante de 15 años, especialista en imitar a Elvis Presley. El mismo productor lo bautizó como Peter Rock, y con esa canción —que era justamente una canción de Elvis— nació la Nueva Ola.

Así está definido el movimiento en el sitio MusicaPopular.cl:

«Surgen de pronto decenas de adolescentes cantantes que muestran gran entusiasmo y poca preparación. Instigados por sagaces productores musicales, tienen la costumbre de doblar sus nombres al inglés y reproducir éxitos ya probados en otros mercados del pop».

La Nueva Ola llenó, con sus rostros y sus voces, radios, revistas y teatros, y en esa intensa escena irrumpió Cecilia en 1963. Con la dirección orquestal de Valentín Trujillo o Luis Barragán, grabó entre 1963 y 1964 siete discos ‘singles'. En 1964 fueron prensados todos en un LP que hoy es una colección de clásicos: "Dilo calladito", "Baño de mar a medianoche", "Se ha puesto el sol" y el más rocanrolero de sus temas: "Puré de papas", de Bill Haley, que ella conoció por la versión de la cantante mexicana Angélica María.

Cecilia entonces recorrió Chile y en 1965 ganó el Festival de la Canción de Viña del Mar con la canción "Como una ola", de María Angélica Ramírez. Como premio, a mediados de ese año, llegó a España invitada al Festival de Benidorm y —apoyada por el locutor chileno Raúl Matas y por el citado sello Odeon— tuvo otras presentaciones, incluso en televisión. Sin embargo, tras tres meses de residencia, su intento por insertarse en el mercado musical español fue infructuoso.

En octubre, entonces, regresó a Chile, donde su fama —en todo caso— permanecía intacta. Acababa de ser lanzado su segundo LP, ‘Cecilia, la incomparable' (1965), y su público seguía llenando teatros para verla.

«El aeropuerto de Cerrillos vivió momentos estremecedores en la tarde de ayer. Lágrimas, desmayos, histeria, golpes, pisotones en medio de un grupo humano abigarrado y heterogéneo. Allí estaban el niño que aún no se empina sobre los diez años, pasando por el adolescente, el adulto y la gente madura. ¿Qué ocurría? Algo muy simple y propio de la época que vive la humanidad: llegaba Cecilia» (crónica del diario La Nación, 14 de octubre de 1965, citada en ‘Cecilia - La vida en llamas', de Cristóbal Peña).

El cambio de año a 1966 se dibujó distinto para Cecilia. Estaban surgiendo nuevos ídolos en la música juvenil —José Alfredo Fuentes era la nueva estrella—, había otros movimientos musicales como el neofolklore y comenzaba a forjarse la Nueva Canción Chilena, y ella empezaba a acusar los golpes del mundo del espectáculo. «Ser popular es agradable, pero también significa estar indefensa, expuesta a la envidia, a las calumnias», dirá en una entrevista al diario "El Mercurio" en mayo de 1965.

Es que Cecilia a veces sacaba chispas. Bailaba en escena, se vestía con pantalones y usaba sensuales gestos vocales al cantar. A veces, sobre todo en provincias, el público o la prensa la calificaron como insolente, y en el Festival de Viña de 1965, cuando ganó, un regidor y un miembro del jurado cuestionaron parte de su show. En 1968 tuvo un público enfrentamiento con la revista juvenil ‘Ritmo'—una vitrina principal de la Nueva Ola— por la escasa cobertura que, según ella, esa publicación daba a sus actividades.

Cecilia era un estrella de armas tomar. Por eso cuando Odeon editó su tercer disco, "Estamos solas, guitarra" (1968), donde reunió los singles grabados desde 1966, las ventas no respondieron y la cantante tomó una decisión radical: renunció al sello.

Todo estaba cambiando por entonces para ella: Su padre, que además era su manager desde el comienzos, había dejado ese rol, y sus compañeros de generación de la Nueva Ola escasamente tocaban o grababan discos. Como todo fenómeno pop, la Nueva Ola estaba apagada.

Ante eso, Cecilia fue obstinada y volvió a buscar otro camino. Con un nuevo sello grabador, CBS, editó su cuarto LP, el más singular de una carrera que entonces apenas cumplía seis años de trayectoria.

Ese nuevo disco, arreglado por Valentín Trujillo, se llama "Gracias a la vida", y además de la canción de Violeta Parra incluye una atrevida versión de la "Plegaria a un labrador", de Víctor Jara, con guiños al rock sinfónico. Junto a ellas aparecen otras diez canciones, incluida una balada rock de los compositores españoles Hermanos García Segura que trascendería muchos años después: "Un compromiso".

En 1970 regresó al Festival de Viña del Mar, pero sin el impacto de otro tiempo. Al año siguiente tuvo un intento vano de desarrollar una carrera musical en México, y pese a instalarse allá junto al fiel Valentín Trujillo por algunas semanas, regresó al poco tiempo al mismo lugar desde donde había partido.

Sin embargo aprendió una cosa: tenía que buscar otros escenarios.

Precisamente en ese viaje a México se había dado cuenta de que para seguir haciendo música debía trabajar de noche, según recordó décadas más tarde en el programa "Acordes mayores", en Radio Cooperativa. Y de vuelta en Santiago se integró al elenco de locales nocturnos como el Tap Room, donde su show alternaba con espectáculos de vedettes y humoristas, formato que iba a convertirse en su hábitat natural durante los años siguientes.

«¿La mayoría de los cantantes de la Nueva Ola no actuaban en estos lugares…?», le pregunta el locutor Miguel Davagnino en esa entrevista radial del 2013. Y ella responde con claridad: «Yo rompí el tabú. Y es mi única fuente de trabajo que hoy día existe».

Así la sorprendió el 11 de septiembre de 1973: actuando en la boîte Manhattan, en Arica. Tenía un sello discográfico en Santiago —Chía— y estaba grabando nuevas canciones, pero el momento histórico le dejó un solo camino. Como consigna Cristóbal Peña en ‘La vida en llamas': «Cuando en septiembre de ese año Chile se oscurece por un golpe de Estado, ella se sumerge con naturalidad en la noche de los años venideros».

La historia de Cecilia en los años siguientes no es fácil de seguir, porque se confunde entre la escasez de escenarios y los recovecos de la vida bohemia. Tuvo esporádicas apariciones en televisión (varios registros de sus actuaciones en esos años circulan en internet), pero en general, como pasó con la Nueva Ola (y con buena parte de la música chilena), fueron años difíciles para hacer oír la voz.

En medio de ese olvido, en diciembre de 1984, el joven director de teatro Vicente Ruiz la buscó y le solicitó autorización para usar sus canciones en una versión teatral del mito griego de Hipólito. La obra fue presentada en El Trolley, un espacio contracultural de esos años, y aunque tuvo una sola función, marcó el primer cruce de esta estrella de la Nueva Ola con las nuevas generaciones de la cultura chilena.

Allí Cecilia va a ser valorada por sus dos rostros. El de la cantante de la Nueva Ola, profundamente popular, y el de la artista insolente, bohemia y poco convencional. Una doble cara que en los años noventa mostró ante un nuevo público y que alcanzó ribetes masivos.

El sello EMI editó dos compilaciones en CD, producidas y dirigidas por el propio Rubén Nouzeilles: ‘La incomparable Cecilia'(1995) y ‘Un día te diré'(1997), con ventas que sumaron más de 100 mil unidades. A la par la cantante Javiera Parra incluyó una versión de "Compromiso" en su disco debut, "Corte en trámite" (1995), que fue un éxito radial. Y en marzo de ese mismo año, de nuevo Vicente Ruiz la llevó a otros circuitos, cuando organizó un show homenaje en el rockero bar La Batuta y repletó el lugar.

Su participación en el programa televisivo "Viva el lunes" —fenómeno de audiencia de su tiempo— le dio una vitrina masiva que no tenía desde los años sesenta. Ahí todo Chile pudo verla, con dificultades en su dicción, pero también con una irreverencia y una seguridad que multiplicó su estampa de mito. En octubre de 1997 todo eso se expresó con fuerza en el mismo lugar que la vio ser un fenómeno 30 años antes. Más de cuatro mil personas llenaron el Teatro Caupolicán (entonces llamado Monumental) en un concierto de dos horas que luego dio origen a un disco y fue generosamente referido en los medios de comunicación.

Pocos meses después se estrenó la obra de teatro ‘Cecilia, una reina, un mito', de la Compañía El Espejo, donde se mostraba con crudeza su lado más íntimo: los conflictos con su padre, su cercanía con el alcohol, sus opciones sexuales… Cecilia fue al estreno y dio una entrevista en La Tercera donde se refirió a esos temas:

«—¿Te molestaron las asociaciones de lesbianismo y alcoholismo con tu vida personal?

—Eso siempre es inevitable. Imagínate que soy una mujer pública, entonces yo no tengo privacidad. Aunque he sido siempre muy reservada con mi vida privada, muy mesurada. Ahora dejo que digan, que no se vayan sólo a la realidad, sino se imaginen cosas... que me vean como me quieran ver.

—¿No vas a negar lo que aparece en la obra?

—No, nunca».

En 2002 fue publicada la biografía no autorizada "La vida en llamas", de Cristóbal Peña, que resume con especial rigor toda esa historia, pero que ella no toleró. Presentó recursos en tribunales y logró incluso que el libro fuera retirado por un tiempo de circulación, en un proceso que al final fue cerrado porque la parte acusatoria no continuó el trámite judicial.

Durante el nuevo milenio, Cecilia ha seguido en los mismos circuitos que ocupa desde los años setenta. Parrilladas y boîtes alternadas con festivales y salas de conciertos en un ritmo más de alguna vez interrumpido por problemas de salud. En 2016, de hecho, recibió la noticia de que ganó el Premio a la Música Nacional Presidente de la República mientras estaba hospitalizada en Antofagasta.

En mayo de 2014 fue estrenada la película ‘Un concierto inolvidable', de Elías Llanos, protagonizada por 12 figuras de la Nueva Ola. Cecilia no siempre se une a sus compañeros de generación, que han protagonizado varios fenómenos colectivos de revival, pero en este filme está entre las protagonistas de la historia de unos cantantes de la Nueva Ola que presentan un gran concierto en el teatro Municipal de Santiago.

Allí está el que quizás sea su último registro en un escenario: espacio solemne, una orquesta en escena, ella vestida de gala para cantar su "Baño de mar a medianoche". Tal vez su voz en ese registro haya sido mejorada (se trata, al fin y al cabo, de una película), pero ahí se ve a la Cecilia de siempre. Con menos destreza que antes, pero sonriendo, coqueteando con la cámara y siguiendo el ritmo con los pies.

Una imagen inconfundible, que ya describió Rubén Nouzeilles en 1995, en la presentación de ese primer CD compilatorio:

«El temperamento de Cecilia, poderoso y con una carga de pasión que viene desde muy adentro y desborda irresistiblemente, es comparable a la fuerza de un volcán. Cecilia siente que su voz es el motor de todo eso. Que nos perdone nuestra buena amiga, pero nosotros pensamos que son además su temperamento, su capacidad de comunicar su sentir, sus gestos, su intensidad lo que la ha hecho famosa y única».

Cecilia tiene más de 70 años, y en la película el temperamento se retrata intacto. La fama se apaga, pero las estrellas son eternas…

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