En junio pasado empezó a sentirse mal. Con un malestar distinto al que sintió cuando estaba a punto de cumplir 57, los que iba a celebrar con una parrillada en Coyhaique. Entonces fue una opresión en el pecho, un cansancio inusual en él, hombre bueno para caminar, esquiar, hacer kayak. "Volé a Santiago y fui al médico. Jamás pensé que me internarían y me harían 4 bypass para que no me muriera, porque tenía todas las arterias tapadas", recuerda el senador por Aysén por tercer período consecutivo, Antonio Horvath (67). Y continúa: "Ahora me dolía la espalda, mucho. Sabía que no era nada arterial, porque mi chequeo había salido perfecto, pero estaba perdiendo incluso la visión del ojo izquierdo. Era a causa de una inflamación generalizada de los ganglios, que culminó con la extracción de un ganglio axilar. Estuve 10 días internado. Ahora estoy bien gracias a medicina de punta y a la acupuntura china, porque hay que arreglarse integralmente. Estoy recuperado, pero esto fue un buen campanazo para reflexionar".

Y definir un cambio. En 1989 fue elegido diputado independiente y reelecto como senador por tres períodos en Aysén. Pero en marzo próximo deja el Congreso, donde ha trabajado durante 28 años. "La tensión y el estrés del trabajo legislativo en un sistema presidencialista, centralista y muy concentrado, no me infartaron, pero me taparon las arterias y ahora me inflamaron los ganglios. Como me juego tanto en todo, me echo mucha carga encima y ese fue el resultado. Aunque nunca aspiré a jubilar como senador, esta decisión me ha costado, porque la política es muy adictiva, más para alguien como yo que se la juega por una causa, el ambientalismo. Cuesta dejarla. Y no lo haré. Mi plan es seguir trabajando en el servicio público. Una opción es presentarme a gobernador por Aysén. Elegido, no designado. O empezar un nuevo ciclo desde el Ejecutivo".

—¿Ser ministro? ¿De un futuro gobierno de Piñera o de Guillier o de quién?

—No aspiro a ministro, me bastaría con trabajar en un ministerio o en La Moneda. Conozco a Guillier como senador de vocación regionalista, lo que me acerca a él. Me parece un tipo sano y en la medida que se corra para el centro y se aleje de la izquierda, estoy más cerca de él que de Piñera, aunque con Piñera no tengo ningún problema, salvo alguno muy puntual en su minuto. Lo encuentro una persona muy inteligente, fogueada, pero es pro crecimiento económico a cualquier costa y eso me provoca dudas.

Horvath se considera y se siente moderno. Su formación es dual: estudió Bellas Artes en paralelo a Ingeniería en la Universidad de Chile. Como scout, conoció el país desde Arica hasta Chiloé. Su memoria para titularse de ingeniero trata sobre hielo, nieve y escarcha, y la desarrolló en un laboratorio que tenía la Chile en La Parva, por eso la primera vez que visitó la Patagonia decidió que ese era el lugar donde quería vivir.

Eso fue en 1974, cuando trabajaba en el Ministerio de Obras Públicas. Fascinado con el paisaje, volvió a Santiago, resolvió casarse con la bailarina María Elena Gutiérrez, con quien llevaba 6 años de pololeo, y pedir su traslado a Aysén.

La ex despechada

En la Patagonia nacieron sus tres hijos mayores, pero el matrimonio terminó al cabo de 18 años. "Yo no habría querido que mi matrimonio fracasara; mi sueño era tener 10 hijos. Tengo sólo una hermana y soñábamos con una gran familia". Hoy tiene 6 hijos en total, los tres menores, producto de tres relaciones fallidas.

—Has sido bien insistente…

—Sí, muchos me echan la talla.

—¿Es efectivo que una polola despechada te atacó con un hacha?

—Ay, lo del hacha. Fue una ex polola que llegó una noche a mi cabaña cuando yo estaba con mi nueva pareja. Quería atacarla a ella y estuvimos forcejeando una hora. Por suerte, mi pareja logró llamar a Carabineros… pensaron que yo era el agresor, pero cuando lograron quitármela de encima se lanzó de nuevo contra la otra dispuesta a matarla.

—¿Te has reconciliado con tu hijo mayor y socio, Antonio Horvath Gutiérrez, al que denunciaste ante la Corte de Apelaciones por cuestiones de plata?

—La pelea no es por plata, sino porque él trató de pasarme la responsabilidad de su derrota electoral en Aysén en 2012. Entonces estuve dispuesto a ayudarlo con la condición de que se fuera cuatro años antes de la elección a radicar allá, pero llegó apenas tres meses antes. Pero no hay que llorar sobre la leche derramada, ya llegará el momento de abuenarnos. Ahora está como candidato a diputado en Santiago; espero que le vaya bien.

El senador, quien hoy no tiene pareja y tampoco una residencia habitable en Aysén, se refugia en Santiago en la casa de su hija en Peñalolén, donde tiene cerca al acupunturista que lo está tratando. Su bucólica cabaña en medio del bosque en Lago Atravesado, un sector agreste al sur de Coyhaique, a orillas del caudaloso río Simpson, "ha sido destruida varias veces. Son ataques que están en investigación, pero hay gente poderosa que ve en mí un adversario para sus megaproyectos".

Horvath significa croata y Kiss, su apellido materno, es beso en inglés, aunque en austríaco no se traduce así. Dice que habla enrevesado porque se educó en alemán y en su casa de niño su mamá les hablaba en húngaro. "He estado tres veces en Budapest y el oído se me adapta a los pocos minutos", afirma, pero sobre todo recalca que es absolutamente chileno. Patagónico, en rigor. Y que su vocación y su pasión es evitar que las regiones extremas "se conviertan en zonas de sacrificio".

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"Una tía me decía «¡Tienes que chasconearlos a todos aquí!» ¡Ja, ja, ja! Aquí hay gente más peinada, chasconeada, hay de todo: es bastante más variado de lo que parece. Yo tengo un testimonio personal: he dedicado toda mi vida a evangelizar, y me encanta, me entretengo, lo paso muy bien, gozo también con la gente y me da mucha alegría. Obviamente se sufre, como todos, cuando hay un traspié. Pero los gozos son mucho mayores".

Quien así sintetiza su vida en el Opus Dei es Sergio Boetsch Matte (64), actual vicario regional de esa institución en Chile. Ayer sumó más motivos de gozo: lanzaron el libro del sacerdote Cristián Salhi —y un documental— con la vida de Adolfo Rodríguez, el sacerdote que en 1950 llegó a Chile con el encargo de Josemaría Escrivá de Balaguer de desarrollar la Obra en nuestro país. "Fue un hombre muy bueno, con bastante fama de santidad. De pocas palabras, pero muy cariñoso".

67 años después de esta apuesta, miembros de esta institución permiten que la Obra siga creciendo gracias a la actividad de sus 3 mil miembros, según Boetsch: por ejemplo, la Fundación Nocedal —que tiene colegios desde 1996 en La Pintana— espera los últimos permisos para iniciar las obras de un recinto de prebásica mixto y un colegio para niñas en Bajos de Mena que abrirá en 2017 (se sumará al de hombres que ya existe ahí). Obras que se agregan a los colegios Tabancura y Los Andes (fundados en 1969 y 1970); la fundación de la Universidad de los Andes en 1989 y la Clínica que abrieron en 2014, entre otras.

—¿La baja en vocaciones les afecta?

—También está costando un poco más. Ahora, la Obra es muy joven, en ella trabaja mucha gente joven y en contacto con jóvenes. Salen vocaciones de los colegios. La otra vez saqué la cuenta y del Tabancura habían salido unos 40 sacerdotes, mitad para diócesis y mitad para la Obra. De los otros, no tanto.

—Es un buen reclutador el colegio.

—¡No! El colegio puede orientar, pero es en las familias donde se siembra. Creo mucho más en las mamás y en las abuelas para las vocaciones —enseñan a rezar, a ser generosos— que en los curas.

—Por otro lado, el de Bajos de Mena los conecta con la pobreza dura.

—Hay varios lugares así, porque en Chile todavía hay bastante pobreza. Más que la pobreza, lo que duele son las desigualdades. Lo que en el Evangelio siempre se ha criticado: habiendo unos que tienen; otros no tienen. Uno tiene que enseñarle a la gente que tiene: que la plata no es mala, pero no es para acumularla, sino que es un instrumento para servir. No basta, eso sí: es necesario gente con espíritu. Nocedal comenzó porque un abogado al que le iba muy bien en un banco, decidió dejarlo para ayudar en una zona de pobreza. ¡Y es el hombre más feliz!

—Un sector político alerta que la desigualdad genera una presión que puede estallar. ¿Detecta esa rabia?

—La rabia existe. Y es comprensible. En la medida que se produzca este esfuerzo de generosidad, eso se va quitando. Esa es la revolución cristiana: el amor.

"Hay un lema que uso: «No se queje, haga algo»"

—Con el contacto con la juventud gracias a los colegios, ¿cómo la percibe?

—Cosas positivas primero: Tienen muchos deseos de ayudar; tienen una gran capacidad para ser protagonistas, por eso hay que dejarlos hacer, pues si uno empieza a poner muchas trabas... Si se equivocan, ahí rectificamos.

—¿Y la contracara?

—... Bueno... Lo que dicen siempre: la dificultad para comprometerse más definitivamente. También el Papa ha hablado de la orfandad, por la falta de la figura de un padre, o por dramas familiares. Y lo más famoso, lo del demasiado desenfreno, pero en eso se exagera un poco diciendo «todos los jóvenes»... La otra vez leí un teólogo que decía que en el siglo IV San Agustín recomendaba que un joven no tomara mucho. ¡Parece que el problema es antiguo! Efectivamente la juventud es un poco distinta, pero hay cosas muy buenas: hay que rasgar en esos corazones, animarlos. Sí hay un alejamiento más de Dios, lo que ocurre en todo el mundo. No le tengo susto a eso. Una idea que nos transmitió nuestro fundador es que tenemos que ser como los primeros cristianos: Levadura. Eran muy pocos, y cristianizaron a través del amor.

—Los Andes y Tabancura se están coordinando en una red de padres por monitorear el carrete de los jóvenes. ¿Cómo ha resultado?

—Eso más bien lo hacen los papas y el colegio. Sé que están tomando medidas, pero no es mi misión revisar el carrete. Obviamente animamos que los padres enseñen a divertirse sanamente. No se trata de dar sermones, sino usar una estrategia buena para que resulten. Hay un lema que uso: «No se queje, haga algo». Hable con su hijo, ayúdelo.

—Y si se miran los colegios del barrio alto y los más populares. ¿Dónde son más frecuentes problemas como las drogas?

—En todas partes. Muchas veces abajo es más duro porque los inducen a que trafiquen, y los de arriba se meten para probar cosas nuevas. Por desgracia la droga se ha ido metiendo —no sé a qué niveles, ni lo he estudiando— y les he dicho siempre a ellos que el tema hay que abordarlo y solucionarlo: con formación, atendiendo a cada uno. Y se dan charlas desde muy chicos, de séptimo básico o antes, para prevenir. Igual hay algunos que se meten, pero me parece que es minoritario si uno los ha abordado con tiempo, con la familia, con ellos mismos. No hay que rendirse nunca. La esperanza es una virtud cristiana. El Papa dice que hay gente que ve todo de otoño, como que todo se va apagando, y hay gente que ve de primavera, que ve brotes. Y en la Iglesia se ven muchos brotes y si desarrollan, la cosa funciona.

Aborto: "Son más desafíos para explicar el Evangelio"

—Se acaba de aprobar el aborto, que el Papa definió como crimen contra la humanidad, y que desde la Obra rechazó con fuerza el obispo González.

—Claro que estas cosas duelen, y bastante, pero no tengo una actitud de «¡mira cómo está el mundo!»: son más desafíos para explicar el Evangelio. Es un fenómeno mundial e influye mucho en Chile. La otra vez me mostraban la ecografía de una sobrina, ¡y era una guagüita! Pienso que dentro de muchos años, el avance de la ciencia explicitará cada vez más esto y dirán «¡cómo!, ¿mataban a los niños antes de nacer?».

—Es rápido el cambio cultural. En la encuesta Bicentenario UC 2016 el "No al aborto bajo ninguna circunstancia" lo compartía el 34% de los encuestados. Diez años antes era el 52%.

—Los tiempos son muy difíciles de manejar. Hay gente de la Obra en países donde el 0,2% es católico. Y me dicen «¡y tú te quejái porque ahí son 60%!». Entonces no me asusta. Me duele, claro, porque me gustaría que fuera de otra manera. Como nos decía mucho el anterior prelado de la Obra: los tiempos son los que nos tocaron vivir, por eso son buenos.

—Un cercano al movimiento es Mario Fernández, el ministro del Interior.

—... Bueno... bueno... eso es un problema más personal. Pero, ¡en fin!.

—¿Habló con él?

—Sí, varias veces. Tiene otras ideas... Es un tema muy complejo. Prefiero no abordarlo en una entrevista.

—¿Cómo la Iglesia puede desarrollar estrategias más eficientes para llegar con su mensaje?

—Una Iglesia en salida, como dice el Papa: no se puede estar a la espera de la gente; vamos a la calle (…) Me hubiera gustado que (el proyecto no saliera), pero mi batalla no es que no se apruebe el aborto, sino que la gente ame la vida.

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