Son las 10 de la noche del miércoles 9 de agosto y en el aeropuerto Merino Benítez sólo tres familias peruanas esperan un vuelo de Lima. El resto de los que aguarda a los pasajeros —dentro de una hora, entre los que arriban y esperan llegarán a ser unas 150 personas— sólo hablan creole, la lengua oficial de Haití. Todos están extremadamente abrigados por el frío de Santiago.

El JMR 705 despegó de Puerto Príncipe, la capital de Haití, y recorrió 3.478 kilómetros hasta Lima, donde hizo una escala de 45 minutos. Luego enfiló rumbo al principal terminal chileno.

Hoy dos aerolíneas hacen el viaje de forma periódica entre Puerto Príncipe y Santiago. Y cada semana, la panameña Copa realiza 12 vuelos mientras que Latin American Wings (LAW) tiene registrados cinco, con escala en Lima (ver recuadro). A estas firmas se suma la haitiana Sunrise Airways, que el 2 de agosto inició los trámites para operar en Chile (ver recuadro).

Es en estos vuelos que se calcula que a diario —las últimas cifras son de 2016— llegan a Chile en promedio 170.

Jhony (32, prefiere no dar su apellido) es uno de ellos. Espera de pie cerca de la salida internacional. Hace frío y viste un jockey reggaetonero y tres polerones. Llegó hace 9 meses a Santiago y es la cuarta vez que va al aeropuerto a buscar a algún compatriota.

"A mi primo no le gusta el frío", dice en un español casi fluido. Jhony cuenta que su jefa chilena (trabaja en una empresa de juegos infantiles en Vitacura) es quien le enseñó español.

A su alrededor, jóvenes haitianos —en su mayoría hombres, aunque también hay mujeres— se agrupan junto a la salida. Se ven expectantes. Miran sus teléfonos, hablan en creole, se ríen. A los trabajadores del aeropuerto ya no les sorprende ver a cientos de haitianos a esta hora.

Al llegar a Chile, son escasos los que hablan español. En su país preferían aprender inglés o francés antes que español, según algunos por la tensión histórica con República Dominicana. Esa es una de las razones por las que algunos llegan desconfiados al aeropuerto, por eso tratan que siempre algún compatriota los espere.

"Si yo salgo y le muestro a un taxista la calle donde voy, se va para otra parte y después me saca plata. Por eso los venimos a buscar", cuenta Jhony. Y es por eso, también, que cuando su primo llegue tomarán un taxi que ya conocen, para volver a su casa en Quinta Normal.

Cuando son las 11 de la noche, ya son más de 150 personas, entre los que esperan y los que llegan, las que repletan el pasillo de 10 metros de ancho.

Los recién llegados se apiñan en la aduana con sus maletas, un sobre amarillo entre las manos y una sonrisa cuando divisan a sus familiares al otro lado de la reja.

Ignorando el frío de esta noche, el primo de Jhony baja del avión vestido con una delgada camisa azul y pantalones negros ajustados, y arrastra una maleta pequeña. Jhony lo abraza, se ríen juntos, y le saca una foto con su celular. Toma su modesto equipaje y lo conduce a la helada noche santiaguina.

¿Dónde llegar?

Pocos haitianos se arriesgan a su suerte en Santiago. En su mayoría llegan a casas de sus conocidos o familiares. Quieren encontrar rápido un trabajo, aprender luego español y, en muchos casos, continuar estudios. Como Thamara Jacquet (21), una morena de trenzas que domina el español porque en la universidad, en Haití, estudió dos años para profesora.

Thamara, como muchos, suele ir a la Fundación Fre, en Santiago centro, a mejorar la versión chilena del español. Paga 150 mil pesos de arriendo por una pieza en Ricardo Cumming: "Llegué hace 7 meses. He trabajado haciendo aseo y vendiendo, pero ahora no tengo trabajo".

Hay otros que a diferencia de ella, ya tenían las cosas organizadas antes de viajar. En la puerta enrejada que permite entrar a los patios eclesiásticos, Pierre Michel (41) está esperando para contar su historia. Hace tres meses vive en la Parroquia Corpus Christi en Alto Jahuel —o Jágüel como dice él— donde trabaja en la sacristía. De todas las posibilidades de los haitianos, la suya es singular. "Quiero retomar mis estudios para sacerdote", dice en un español salpicado de inglés.

"Llegué a Santiago un jueves. Un amigo que vive en Hospital, donde trabaja en una fábrica de madera, me fue a buscar al aeropuerto. Sabía dónde iba porque hice los contactos a través de mi iglesia en Haití", dice Michel. Viste una parka negra, un gorro de lana fina y blue jeans. Hace frío en esta parte de Buin, pero él dice que no le molesta ni eso ni la lluvia que se ha encontrado en la zona.

Cuando salió del colegio, Michel empezó a estudiar derecho y, de haber seguido en esa carrera, hoy sería abogado en Puerto Príncipe y ganaría —dice— el equivalente a 650 mil pesos. Pero cuando llevaba cuatro años de estudio, los dejó e ingresó al seminario, donde estuvo otros siete preparándose para el sacerdocio. Se salió y ahí apareció la posibilidad de trabajar en una parroquia.

"Aunque estudié en Puerto Príncipe, yo y mi familia somos del campo, de un pueblo cerca de Gonaïves. Mis papás murieron. Sólo me quedan cinco hermanos con quienes hablo al menos una vez al día, por WhatsApp", dice. Gonaïves queda al norte de la capital y se supone que ahí se habla un creole distinto al de Puerto Príncipe, como más cantado.

Michel ha recorrido Alto Jahuel y no ha encontrado compatriotas, explicable dado que Buin no figura entre las comunas con más haitianos en la Región Metropolitana. La Asociación de Municipios de Chile analizó las residencias definitivas concedidas en 2016 y la gran mayoría (1081) se entregaron en Quilicura, seguida de Estación Central (605), Pedro Aguirre Cerda (304), San Bernardo (251) y Santiago (211). En la Región Metropolitana se entregaron 3.572 residencias definitivas a haitianos.

¿Cómo hacer un currículum?

La Parroquia San Saturnino, en el Barrio Yungay, es una de las 40 iniciativas que trabaja con migrantes en el Arzobispado de Santiago. En poco más de un año ha acogido a alrededor de 2.800 haitianos. Les ofrece clases de español, hacer un currículum y los integra a una bolsa de trabajo. El párroco Juan Carlos Cortez cuenta que casi el 95% de ellos son evangélicos.

"Los haitianos son bastante comunitarios: encuentran a su propia gente y generan lazos de apoyo, entonces recomiendan a sus compatriotas o buscan instituciones que los ayuden. Se pasan la voz por datos. Llegan acá porque les dicen que deben llegar", explica el asesor legal del Instituto Católico Chileno de Migración (Incami), José Delio Cubides.

Ese fue el caso de Bernard Jacques Regnor (37), médico haitiano que llegó hace casi un año y lleva siete meses trabajando en Puerto Natales. Regnor estuvo cuatro meses viviendo en Santiago junto a un amigo, en la calle Nataniel Cox. Allí conoció a una haitiana que iba a la Parroquia San Saturnino a aprender español. Ella fue quien lo llevó y le presentó al padre Cortez.

Gracias a los contactos de la parroquia, el 12 de enero Regnor viajó a Última Esperanza para trabajar como empaquetador de congelados en una empresa pesquera, y hoy es uno de los 500 haitianos que trabajan en numerosas ciudades de regiones de Chile.

En Puerto Príncipe Regnor dejó a su esposa y dos hijos (4 y 7), una casa y un auto. "Tengo estudios y capacitación para hacer cosas buenas, pero allá en mi país las cosas están de peor en peor. Pero como tengo a mi familia tengo que salir adelante", dice. Cuando se le pregunta qué le parece Puerto Natales, Regnor dice entusiasmado: "Yo quiero vivir en el fin del mundo, quiero quedarme y trabajar acá".

Pero Regnor no podrá ejercer como médico. Hace 4 meses la Presidenta Bachelet firmó un acuerdo complementario para reconocer los estudios básicos y secundarios, pero no los universitarios.

"El grueso de los haitianos que ingresaron a Chile el año pasado son de clase media. Son profesionales o con un promedio de tres o cuatro años de estudios. Por lo tanto, tienen una base profesional, pero con una expectativa y disposición de trabajar en lo que sea", explica el sacerdote Juan Carlos Cortez. "Se cree que los que llegan son los más pobres de Haití, pero eso no es así: no estamos importando pobreza, estamos importando gente con buenas capacidades. Entonces, ¿por qué se vienen? Porque en Chile hay mayor seguridad que en Haití".

No han sido reclamados

Los ocho cuerpos en el SML

Benito Lalane, el haitiano de 31 años que murió de frío en Pudahuel en junio pasado, tuvo quien lo sacara de la morgue para hacerle un funeral y enterrarlo en Santiago.

No es el caso de otros compatriotas. Aún hay ocho haitianos que, según una respuesta entregada por ley de Transparencia por el Servicio Médico Legal (SML), aún esperan que alguien reclame sus cuerpos. En la Embajada de Haití indicaron que ya se han encargado de los funerales de cuatro de esos ocho fallecidos.

El cuerpo que esperaba hace más tiempo era el de un fallecido el 22 de febrero de 2016, hace más de un año y medio debido a un accidente cerebro vascular ocurrido en la comuna de Quilicura.

Philippe Bayard es dueño de Sunrise Airways

El millonario detrás de la nueva línea aérea

El miércoles 2 de agosto la firma Sunrise Airways inició ante la Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC) los trámites para obtener un certificado de operador aéreo (AOC) y realizar vuelos entre Puerto Príncipe y Santiago con escala en Lima, de modo de convertirse en la tercera aerolínea que hace este trayecto. Las otras son la panameña Copa y la cuestionada LAW.

Claro que a diferencia de todas ellas, Sunrise es la única creada por un haitiano, el millonario y filántropo Philippe Bayard. Bayard nació en Gonaïves y los vuelos comerciales son apenas el más reciente episodio de una vida de emprendimientos. Piloto de formación, su primer cargo ejecutivo fue en Tele Haïti, una empresa que en 1982 estaba en la bancarrota y luego de su gestión se transformó en la primera que recibía señal de satélite en toda la región, según dice la revista haitiana Challenge.

Luego, en 1983 inauguró una empresa láctea, a la cual no acompañó la fortuna. Luego creó una empresa de asesoría en operaciones bancarias. Su despegue comenzó en 2001 al fundar Sunrise Aviation, una empresa dedicada a prestar mantenimiento mecánico a los aviones de las compañías que volaban entre las Antillas. En 2009, cuando el resto de las firmas sufría por la burbuja inmobiliaria de EE.UU., él se atrevió a transformar Sunrise Aviation en Sunrise Airways.

En un principio hacía vuelos internos, entre Puerto Príncipe y Cabo Haití, en el norte del país, pero luego se abrió a República Dominica, Cuba y ahora Chile. Y, por cierto, con el fruto de sus empresas, según dice The Caribean Journal, Bayard creó la Audubon Haiti Society, una fundación destinada a preservar la vida silvestre.

LEER MÁS