La equitación es como la Fórmula 1: Los pilotos pueden ser parejos, pero la diferencia la hacen los coches"
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"El concurso ecuestre de Aachen, Alemania, es el más importante del mundo. Es como Roland Garros o Wimbledon en el tenis".

Samuel Parot (52) está cumpliendo la mejor temporada de su dilatada carrera como equitador. El fin de semana pasado obtuvo tres escarapelas (podios) en el afamado torneo cinco estrellas (máxima categoría) germano, incluso ganando una de las pruebas del certamen.

Hoy es 48° en el ranking mundial de salto, y su meta es terminar el año entre los mejores 30 en un deporte en el que comenzó a brillar a comienzos de los 80, cuando conformó equipo junto a Américo Simonetti, Alfredo Sone y Gustavo Rosselot defendiendo a la Católica.

Optó por la equitación, por sobre el polo y el rodeo, disciplina familiar con la que convivió en Talca y Osorno bajo el alero de su padre del mismo nombre, quien fue dos veces ganador del Champion de Chile (1969 y 1977) y reconocido como uno de los grandes criadores del país.

"Cuando me vine a Santiago, a los 12 años, mi madre me impulsó a seguir este deporte. Me debatí entre la equitación y el rodeo, pero el salto estaba más cerca. Los caballos de rodeo los veía solo en vacaciones", cuenta Parot desde su residencia en Wellington, Florida, donde está radicado desde 2011. Ahí tiene su propio criadero, llamado Parot Horses, en el que trabaja junto a su señora y dos cuidadores en el negocio de la compra y venta de equinos de salto.

El jinete se instaló en EE.UU. luego de 14 años de periplo internacional por Europa y Argentina que lo llevó a ser instructor de famosos como Madonna y Bill Gates.

—Rosselot escribió en su Facebook que usted está escribiendo una nueva página de la equitación chilena.

—Suena medio pedante, pero así es. Estar dentro de los mejores del mundo en cualquier disciplina y mantenerse ahí es algo muy importante. Llevo dos años entre los mejores 40 y 50 del planeta. Y no es azar, hay un esfuerzo tremendo, un sacrificio. Chile no había tenido nunca jinetes en estas categorías a nivel mundial.

—¿ A qué sacrificios se refiere?

—Uno entrena y viaja permanentemente; paso seis meses en el año arriba de un avión, lo mismo que los caballos, que viajan en vuelos especiales. También hay costos económicos y familiares, porque para llegar a lo más alto no tienes otra alternativa que estar fuera de tu país. En competencia tengo siete caballos de gran nivel. Los más famosos y competitivos en este momento son Atlantis y Quick Du Pottier. Pero los voy rotando, para no lesionarlos.

—¿Qué lo llevó a tomar la decisión de internacionalizar su carrera en un deporte que en el mundo lo practican príncipes, reyes, jeques y millonarios?

—Fue una decisión egoísta por lo familiar, pero siempre tuve el deseo de ver si era posible estar entre los mejores del mundo. Me costó 14 años lograrlo.

"Tuve que comprar banderas"

—¿Su criadero en EE.UU. le permite sustentar económicamente su carrera?

—Así es. Tengo un equipo de caballos de competencia que no están a la venta y otro grupo de cerca de 20 ejemplares en el comercio. Esto me permite llevar adelante toda esta locura deportiva y mantener estos caballos a la par del resto del mundo. El 90% de los jinetes son auspiciados por los dueños, que son reyes, jeques y millonarios que les pagan a sus jinetes. Acá soy yo no más. A medida que iba vendiendo, trataba de comprar otros mejores, hasta armarme una caballada de salto de buen nivel. Además, Wellington es durante cuatro meses al año la plaza de equitación más importante del mundo, donde saltan cerca de 10 mil caballos por semana.

—Una vez dijo que quería ser el mejor del mundo. ¿Es posible?

—Estoy cerca. La meta de este año es terminar 30 o 25, y después se tienen que alinear los astros. No es imposible.

—¿Qué se requiere para ser un gran equitador?

—Dedicación y tener muy buen manejo del tiempo y del espacio antes de saltar. Esa suerte de ‘aproach' antes de enfrentar el obstáculo. Es algo con lo que se nace y que requiere de precisión extrema, porque acá no hay revancha. Para mí, la equitación es uno de los deportes más complejos que existen. En tenis, si pierdes un punto, te queda el resto del set; en el polo pierdes un chukker, pero tienes cinco más para revertir; en el fútbol tienes dos tiempos. La equitación requiere perfección.

—Y la conexión con el caballo también debe ser perfecta…

—El caballo es tu tu partner, tu amigo. Te conoce, te cree; la conexión con él es casi telepática Debe haber una compenetración tremenda. Se producen cerca de 200 mil caballos de salto en el mundo, pero caballos que salten obstáculos realmente grandes, no llegas a mil ejemplares. Por eso son tan caros, entre 3 millones e incluso 20 millones de euros, y cuesta mucho encontrarlos. Es como la Fórmula 1: los pilotos pueden ser parejos, pero la diferencia la hacen los coches.

—¿Es cierto que hace algunos años no tenían bandera chilena en una competencia que ganó en Europa?

—Me pasó en Italia el 2014: gané una prueba, y no tenían bandera chilena. Debieron posponer la premiación. Al final nosotros pasamos una que tenía el cuidador de mis caballos. Para evitar eso tuve que comprar banderas en Meiggs para que las izaran en los torneos. Hasta hace tres años Chile era absolutamente desconocido en ese deporte en Europa.

—Miguel Arias, autor de libros de polo y equitación, dice que su estilo es atrevido, como Américo Simonetti; a veces clásico, como Víctor Contador, e imperturbable, como Alfredo Sone. ¿Cómo se define usted?

—Mi estilo es rústico, natural, como me salga no más. No hay copia de nadie. Es un estilo de campo.

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