"El lunes 17 de enero de 1881, cerca de las cuatro de la tarde, las fuerzas militares chilenas entraron a Lima desfilando en perfecto orden. La ocupación se prolongaría por casi tres años."

Entrada del Ejército chileno a Lima

El Mercurio de Valparaíso, 1 de febrero de 1881, anónimo

Tras dos sangrientas batallas libradas en Chorrillos el 13 de enero y en Miraflores el 15 de enero de 1881, las fuerzas militares peruanas que defendían Lima fueron derrotadas por el Ejército expedicionario chileno.

Las máximas autoridades peruanas, encabezadas por el presidente Nicolás de Piérola, abandonaron la capital. La población civil, temerosa ante la perspectiva de ser ocupada por un ejército invasor, se refugió en embajadas, consulados, viviendas de extranjeros y en buques de diversa nacionalidad anclados en el balneario de Ancón.

La ausencia de autoridades, la llegada masiva de tropas en desbande tras la derrota y los deseos de venganza en contra de aquellos sujetos tachados de colaboradores de los invasores, especialmente la población china residente, provocó graves desórdenes y saqueos.

En esas circunstancias el alcalde de Lima, Rufino Torrico, auxiliado por representantes diplomáticos extranjeros y por los comandantes navales franceses e ingleses anclados en Callao, iniciaron negociaciones con el comandante en jefe del Ejército chileno, general Manuel Baquedano.

El acuerdo alcanzado consideró la rendición de Lima y el compromiso de una ocupación pacífica de la ciudad. El lunes 17 de enero de 1881, cerca de las cuatro de la tarde, las fuerzas militares chilenas entraron a Lima desfilando en perfecto orden. La ocupación se prolongaría por casi tres años, entre el 17 de enero de 1881 y el 23 de octubre de 1883.

Una persona respetable y digna ha escrito lo siguiente: Lima, 17 de enero de 1881.

Mi querido compadre:

Hoy, a las cinco de la tarde, los cuerpos de nuestro invencible Ejército –Buin, Zapadores, Bulnes, Carabineros de Yungay, Cazadores Distinguidos de Artillería–, a las órdenes del general de brigada don Cornelio Saavedra, han tomado pacífica posesión de la ciudad de Lima.

¡Viva Chile! Nunca ha recibido la patria querida una gloria más espléndida que la que hoy corona el fin de esta guerra, de tantos sacrificios y tanta sangre vertida por hombres en cuyos pechos no ha encontrado asiento el miedo de los que se atrevieron a provocar sus iras.

La entrada triunfal de esa pequeña división es algo que no es dado describir, porque uno se pone casi estúpido de gozo y solo exclama, con el corazón agitado por profundas emociones, ¡qué cosa tan grande!

Le aseguro que cuando rompió sus acordes la banda de Cazadores, todos los que nos encontrábamos al frente del Palacio de la Exposición, magnífico edificio, formando la pequeña escolta del general Saavedra, saltamos sobre las sillas de nuestros caballos como si nos hubieran tocado con una batería eléctrica. Con todo, nos dimos un solo viva y entramos con la seriedad y modestia que es propia del chileno vencedor.

El desfile de la artillería fue hermosísimo, y de tanto efecto, que una partida de extranjeros se acercaba a decirnos: "¡Oh! No era posible que el Ejército peruano pudiese resistir a tropas dignas de figurar entre las mejores de Europa".

¡Qué le diré de la caballería, tan bien montada y tan en orden, que era algo sorprendente aun para nosotros mismos, acostumbrados a verla funcionar en el campo de batalla con un empuje irresistible!

Los soldados del Buin, con más facha que el mismo Napoleón, hacían resonar sus botas por las calles de Lima como una descarga cerrada de un solo golpe. Mientras duró el desfile, en todas partes no se veían más que grupos de extranjeros y unas cuantas cholas y cholos de la última clase. Los balcones se veían cerrados y, al parecer, solitarios, pero en el interior de las celosías se divisaban centenares de ojos que contemplaban sigilosamente la humillación tremenda de la más vergonzosa derrota.

¡Ay, compadre, qué carnicería tan espantosa la que han causado los nuestros en las dos batallas de Chorrillos y Miraflores! Hoy anduvimos recorriendo el campo con el ministro de la Guerra, Barahona y otros cuantos, y hemos visto, aún insepultos, más de 7.000 cadáveres peruanos. Las formidables trincheras, las zanjas, los fosos, el campo, los cerros, todo, todo está materialmente sembrado de cadáveres. Hoy ha dado orden Baquedano para que se quemen los cadáveres.

Nuestras bajas, entre muertos y heridos, no suben a 4.000, siendo mucho mayor el número de heridos al de muertos. Eso sí que los oficiales que han caído no guardan proporción con los soldados, porque los primeros son muy numerosos. La causa de esta anomalía se la explicaré después.

Dígale a misiá Carmen que Arístides Martínez está muy alentado: se ha portado tan valiente como afortunado. Hoy entramos juntos a esta ciudad. Urriola, muy bueno: ha librado casi milagrosamente, porque a los navales los han diezmado, se han conducido como leones, iguales a los del Atacama y del Buin, que han sido los cuerpos más distinguidos por su valor.

El granjeo de Lima, como usted comprende, ha quedado en nada, pero los soldados están contentos, porque las dos batallas del 13 y del 15 los tenían consternados. Estos hombres de bronce tienen corazón de paloma después que pasa la refriega, y saben perdonar con facilidad.

La traición de Miraflores hubiera traído por consecuencia inevitable la completa destrucción de Lima si no se hubiera rendido incondicionalmente, como lo ha hecho por fortuna. Chorrillos y Miraflores, centro de defensa de las dos batallas dadas, están completamente en escombros. Todos nuestros campamentos repartidos en ese hermoso valle están hasta ahora iluminados por esa inmensa pira, eterno recuerdo de la infamia de los peruanos, que cubrieron sus campos con minas tan inútiles como su desesperada resistencia. En Chorrillos, cada casa es un sepulcro que contiene docenas de cadáveres, tanto peruanos como chilenos, quemados por las llamas de un voraz incendio que dura muchos días todavía.

Sería largo, compadre, que le diera cuenta de todos los detalles de estas dos infernales funciones, las más terribles y sangrientas de la presente campaña. Ya charlaremos, y entonces oirá usted cosas espantosas, que no es posible le detallen los corresponsales.

El general Saavedra será nombrado jefe político de Lima, y Valdivieso, gobernador del Callao, aunque quién sabe si tenga donde albergarse, porque también está ardiendo. Los cholos vencidos han despedazado todos los fuertes, han quemado todos los buques y ahora nos entregan el hueso roído por su estúpida voracidad.

Lima –son las 2 de la madrugada del 18– está tan tranquila que no se oye ni el ruido de una campana. Han parado sus relojes del susto y hace 10 días que no publican sus diarios.

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