(Margarita Domínguez) es una gran compañera, de un alma grande. Buscadora también como yo; gran meditadora".
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Empresarios, profesionales, mujeres buscadoras, y últimamente muchos hombres acuden a la consulta en Las Condes del psiquiatra Héctor Bazán. "En una época tenía 70% de mujeres y poco a poco se ha ido dando vueltas. Por ejemplo, hoy tengo puros hombres; mañana también", cuenta.

"En general buscan salir de un estado. No soy gurú ni maestro así que nadie llega a buscar la luz. Muchas veces por algo sicosomático, porque los mandó un internista, o porque una amiga se mejoró de la jaqueca. Por sufrimientos, separaciones, porque se quieren ir con otra persona, problemas de la vida diaria que a veces llegan a situaciones muy complicadas, con neurosis fuertes y graves. Psicosis no veo. Problemas orgánico cerebrales, tampoco". Y agrega: "Si uno no ha sufrido, no puede ayudar a los demás".

—¿Tanto así?

—Puedes ayudar, pero periféricamente, manejar conductas. Pero las personas hoy están buscando cosas más profundas, respuestas al dolor, al sentido de la vida, al enfrentamiento con la muerte.

Bazán buscaba encontrarle el sentido a su vida, y eso le costó sangre, sudor y lágrimas. "Ha sido un proceso largo y duro, pero estoy feliz con el camino que tomé".

Su padre era dentista. Su madre hacía yoga cuando en Chile el tema era apenas incipiente. En su casa se prendía incienso, algo muy raro en los 40. Más que esto no le gusta contar de su niñez al doctor Bazán, como lo llaman. Nació en Puerto Montt, vivió en Viña del Mar, es médico cirujano de la Universidad de Chile, y luego tomó la especialidad de psiquiatría. Durante cinco años hizo turnos de noche y fines de semana en el hospital J.J. Aguirre. "Una práctica dura y fuerte", dice.

Pero la psiquiatría clásica no respondió a sus inquietudes espirituales. "Hacíamos buenos diagnósticos, pero las fichas iban engrosando año a año. No había una solución más allá", dice. Sin pensar en entrar al Seminario, estudió durante años con grupos de jesuitas. Al mismo tiempo profundizaba en el yoga y la meditación. Estuvo inmerso en un grupo de colegas que experimentaron con LSD y enteógenos (sustancias psicotrópicas que modifican los estados de conciencia); en la terapia gestáltica. "Poco a poco fui dejando la psiquiatría clásica, estudiando más psicología, y me metí al mundo interior".

—Corría riesgos.

—Fue un riesgo grande; algunos psiquiatras y terapeutas se rayaron, se creyeron maestros. Hoy no uso drogas ni realizo ese tipo de procesos; además, lo hice muy poco. Afortunadamente tengo un par de ángeles que me cuidaron. También tengo una muy buena relación matrimonial que me permitió explorar, pero que también me iba alertando de los posibles riesgos.

Habla de Margarita Domínguez, psicóloga y su mujer desde hace 44 años, con la que tuvo a sus dos hijos. "Ella es muy especial; es una gran compañera, de un alma muy grande. Buscadora también como yo; gran meditadora".

Hace años que se define como psicoterapeuta "transpersonal", que, en pocas palabras, se basa en una mirada espiritual del fenómeno del ser humano y sus patologías. "Desde ahí se interpreta el sufrimiento y, en lo posible, la patología. Podemos ayudar a las personas desde lo habitual, pero también desde lo espiritual".

El accidente

A los cuarenta y tantos, Héctor Bazán sufrió un accidente automovilístico que lo mantendría en vilo durante 25 años. El chofer de un bus no respetó un disco PARE, y le hizo trizas el auto. Su cabeza chocó contra el parabrisas, y lo rompió. Llegó a urgencias, y aparentemente no tenía nada grave. Sin embargo, al poco tiempo comenzó con síntomas que nadie sabía explicar. Decaimiento, dificultades digestivas, insomnio, irritabilidad: "Un cuadro muy neurótico", dice. "Tenía momentos muy complejos. Fuertes cambios anímicos y de falta de energía. Poco a poco me fui inhabilitando físicamente".

A ocho años del accidente, estuvo un año en cama. No podía caminar, no podía estar de pie, no podía estar sentado. No podía sostener un libro. Anilló todo, para poder dar vueltas las páginas sobre un atril. "Fue muy duro. La vida se cerraba".

—¿Cómo salió adelante?

—El accidente fue el año 83 y el diagnóstico final —un problema en la columna cervical— recién lo supe hace cinco años. Vi más de 30 médicos. Uno quisiera el toque mágico. Que te digan: Toma tus cosas, ándate y camina, como en el Evangelio. Pero las cosas no son así. Sí comenzó un proceso maravilloso: de a poco me pude parar, y me encontré con personas que me ayudaron. "Conocí a un monje y, al mismo tiempo, estudié todo lo que pude de ciencias espirituales. Se produjo una relación fascinante, y después de un tiempo de gran cercanía junto con la Margarita, él nos invitó a la India donde su propia maestra, quien se transformó en nuestra maestra hasta que murió. Una persona extraordinaria. Estar frente a ella era sentirse atravesado, transparente. Ella le dio un sentido a mi enfermedad. Luego conocí a un quiropráctico que me devolvió a la vida, y volví a manejar después de 20 años.

—¿Cuál era ese sentido de su enfermedad?

—Fue meterme para adentro de frentón. Necesitaba un período de soltar el mundo externo. Se puede salir, con todas las herramientas de las que he hablado. Fue un proceso, y mucho esfuerzo personal. No me dejo morir fácilmente. Le pongo empeño, trabajo, medito, hago ejercicios, estudio. No hay una pastilla milagrosa que me haya salvado. Tenemos una esencia que viene a realizarse: Pura posibilidad. Lo que yo busco es despertar la posibilidad. Esa es la mirada transpersonal. La patología existe porque esa posibilidad se bloqueó, se castigó.

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