La innovación tecnológica debe ser hecha por el sector productivo, pero en Chile eso no ocurre".

"Lo que más me ocupa por estos días es el vidrio, el común y silvestre", declara Fernando Lund (67), doctor en Física en la Universidad de Princeton, académico de la Universidad de Chile.

Transparente como su material de estudio, es lo opuesto al estereotipo del científico ensimismado. Extravertido, interesado en todo, tiene el don de explicar en simple lo complejo. Sus alumnos del Departamento de Física lo admiran y le tienen confianza; saben hasta cuánto gana. "Es una pregunta recurrente entre los que quieren dedicarse a la investigación".

—¿Y cuánto ganas?

—Cerca de tres millones brutos.

Como investigador, sus áreas son gravitación y relatividad, física de los fluidos, acústica, sismología. Su trabajo con los sismos lo acercaron al vidrio, porque, como suele decir, "una cosa lleva a la otra". Así explica su matrimonio con la astrónoma María Teresa Ruiz, Premio Nacional de Ciencias Exactas 1997, galardón que él también recibió, en 2001.

"Somos casi de la misma generación, yo de la Facultad de Ciencias y ella de la de Ingeniería de la Chile. No fuimos compañeros, pero nos topábamos. Ella se casó con un astrónomo. En Princeton nos volvimos a ver. Luego ella se fue a estudiar a Italia, y ahí se separó. No tuvo hijos. Nos reencontramos en EE.UU. Fuimos amigos, compañeros, empezamos a salir. Una cosa llevó a la otra, no hubo un eureka".

Él no se había casado, pero tuvo una hija con la que hoy no tiene contacto. "Son cosas de la vida", dice.

Su matrimonio con María Teresa, en 1978, fue rápido y pronto nació Camilo, al que se peleaban por mudar. "Yo sabía hacerle comida, bañarlo, lavar sus pañales, y lo hacía a la par que mi mujer. Me parecía lógico, porque era hijo de los dos. Mi suegro y otros familiares me consideraban una desgracia para el género masculino".

Llama la atención que siempre diga "nuestro hijo" en relación a Camilo, que hoy es ingeniero y padre de 2 hijos más otro en camino. "La chochera de ser abuelos ha sido un gran descubrimiento".

Fernando Lund es el mayor de 4 hermanos, todos profesionales. "Somos primera generación no sólo en entrar a la universidad, sino en terminar la enseñanza secundaria". Admira a sus padres, que en los años 60, estudiaron en el verano para conseguir "cartón de normalista, mi mamá, que siempre había hecho clases, y título de contador, mi papá".

Aunque "la biología es implacable", afirma que su memoria y su experiencia suplen la fortaleza física perdida. Y se declara satisfecho con lo logrado, incluidos sus casi 40 años de matrimonio con una astrónoma, con quien nunca ha trabajado en conjunto. "Eso lo hemos evitado sistemáticamente", se ríe. Y agrega: "Quizás ahí radica el éxito de nuestra relación".

—¿Qué les dices a los que creen que tu mujer mira hacia el cielo y tú al suelo?

—Que María Teresa se ocupa del macrocosmos y yo del micro.

La naturaleza del desorden

—¿Qué buscas en el vidrio?

—A pesar de que el vidrio es silicio y oxígeno, lo mismo que el cuarzo, el primero tiene los átomos desordenados y el segundo ordenados. La pregunta es ¿por qué los mismos átomos cuando están desordenados generan el vidrio, que es transparente, y ordenados el cuarzo, opaco?

Siempre supo que lo suyo era la ciencia y hoy comprende que su fascinación infantil por los desfiles militares y lo que pasaba a la orden de romper filas, tiene que ver con "un tema científico de connotación filosófica, casi esotérica" que marcó su trabajo: la naturaleza del desorden.

—¿Cuál es la utilidad práctica de esa preocupación?

—Muchas. Una tiene que ver con la energía solar. Las placas fotovoltaicas transforman la radiación del sol en corriente eléctrica gracias al uso del silicio. El que se usa en las planchas fotovoltaicas es transparente, muy puro, y en él los átomos están ordenaditos. Pero hacer planchas de más de un metro cuadrado de ese material es súper caro. Y el silicio amorfo, donde los átomos están desordenados, es mucho más barato, pero su eficiencia para transformar la radiación solar en corriente eléctrica es mucho menor. La gran motivación para la investigación científica es preguntarse por qué, como los niños. ¿Por qué el silicio amorfo no es buen conductor? Mi esperanza es que avanzando en la comprensión de la naturaleza del desorden de un material amorfo como el vidrio, quizás logremos fabricar células fotovoltaicas mucho más baratas.

—¿Ayudará un ministerio de Ciencia y Tecnología?

—Muchos hemos empujado esta iniciativa, que responde a una necesidad real, pero mi fe está temperada por la experiencia. La institucionalidad de la investigación científica, tecnológica y de innovación en Chile no da para más. Hizo crisis. Sus estructuras son de hasta 50 años atrás y no sirven a la realidad actual.

Un problema sintomático, dice, "son los cerca de mil muchachos que salieron a perfeccionarse afuera, dentro del programa Becas Chile, y que hoy no tienen dónde aplicar el conocimiento que pagamos todos nosotros". No cree, sin embargo, que todo sea desastroso. "Es feo que yo lo diga, pero la investigación científica chilena es de altísima calidad, según indicadores internacionales". Asegura que ha sido clave que los fondos asignados sean administrados por los propios científicos, como pasa con los programas Fondecyt. Destaca que el presidente con más interés en el desarrollo científico del país ha sido Eduardo Frei Ruiz-Tagle. En su gobierno empezaron proyectos ambiciosos, orientados a grupos grandes y multidisciplinarios de investigadores. Uno de ellos fue el CIMAT (Centro para la Investigación Interdisciplinaria Avanzada en Ciencias de los Materiales), que Lund dirigió hasta 2009. "De ahí surgió gran parte de lo que hoy es el uso del cobre como material bactericida", destaca.

Dentro de la institucionalidad existente, considera que la CORFO es insuficiente. "En el mundo se estima que la investigación aplicada, la innovación tecnológica, la elaboración de nuevos productos, debe ser hecha por el sector productivo, pero en Chile eso no ocurre. La empresa gana suficiente dinero sin tener que innovar ni investigar, ¿para qué va asumir ese riesgo? En el CIMAT licenciamos algunos nuevos productos, pero lo hicimos para Braskem, empresa brasileña de productos petroquímicos, suficientemente desarrollada como para tener en su modelo de negocio la idea de innovar".

—¿No hay empresas así en Chile?

—Ni una. La industria local es muy pequeña y primitiva. La empresa chilena más grande es Codelco, pero está orientada a extraer cobre y entregar los mayores retornos posibles al Estado.

Se ríe, cuando le decimos que en el último tiempo eso no le está resultando muy bien. Y opina: "Ese es el sentido de un Ministerio de la Ciencia, porque no es lógico que la economía de un país dependa sólo de la exportación de un commodity. Eso nos vuelve muy vulnerables; cuestión de ver el efecto en Chile de que China haya bajado su crecimiento. Un país chico debe aportar valor y para eso sirven la investigación científica y la innovación. El conocimiento aporta libertad".

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Lampiños. Peludos. Gordos. Delgados. Poncheras inusuales. Cojos. Curcunchos. Cicatrices. Ancianos. Jugo de zanahoria con naranja. Asmáticos. Reumatismo. Artistas. Abogados. Notarios. Contadores. Extras de televisión. Plantas de plástico. Reposaderas. Toro seco y húmedo. Sauna cajón. Lavamanos. Baldosas brillantes y mojadas. Jubilados. Cesantes. Dos huevos a la copa con marraqueta. Cerveza con limón y sal. Ensaladas de fruta. Malta con huevo. Si usted desea un masaje golpee la puerta. 7.500 la media hora. Guarde silencio. Calvos en su mayoría. Mayores en su mayoría. Viejos en su mayoría. Cuerpos ajados. Cuerpos sin impostura. Cuerpos de todas las formas. Cuerpos de hombres como las mujeres nunca los han visto. Cuerpos reales. Nadie tiene calugas. Nadie hunde la guata. Nadie saca pecho. Nadie hace nada sino estar, derramados a merced del calor seco o húmedo. Sudar es la ley.

Espejos para observarse. No hay falsas figuras. La masculinidad al desnudo. Cuerpos desnudos. Hombres con tetas. Hombres con várices. Hombres que caminan lento por culpa de sus caderas desgastadas o sus rodillas agripadas. El que se apura pierde el tiempo. El cuerpo no miente. Un masajista ciego deambula con su bastón. Abdómenes llenos reposan. Abdómenes al borde de explotar. Abdómenes que no dejan ver los genitales. Poncheras generosas, muy. Hombres que se sientan frente al espejo no para admirarse sino para perdonarse. Se limpia el cuerpo para volver a ensuciarlo. Es el ciclo de la podredumbre. Conversaciones truncas en el vapor. Frases inconexas. Historias que no importan. Soportar el calor como hombre. Soportar el vapor como hombre. Como hombre guardar silencio en medio del aroma a eucaliptos.

Espaldas frondosas. Hombros peludos. Hombros pelados. Pocas barbas y pocos bigotes. Hombres que jamás escucharon de depilación genital. Hombres que esperan con ansias este descanso antiguo donde no hay señal de celular porque estamos en el piso menos 3 de calle Miraflores. Para pasar la caña. Para poder volver a tener caña. Para dejar pasar el tiempo que corre desde que abrieron sus puertas hace 48 años.

El lenguaje de los baños es el silencio. Se entra a los espacios con respeto. Siempre entre los implementos y el usuario se interpone un paño de tela rectangular que se ajusta a la cintura en caso de pudor o solo se usa como superficie si uno está más desinhibido. Agua fría alternadamente entre el vapor y el calor seco.

Hay que ser valiente para soportar el vapor a 40 grados y resistir. 83 grados de calor seco abruman pero sanan. Respirar. Caminar lento. No hablar a no ser que sea necesario. Nada es necesario salvo reposar y dejar que el tiempo pase. 9 mil pesos cuesta la entrada al paraíso. Lo que verdaderamente cuesta es salir de este lugar.

El guardián sobre el centeno

Sobre sus chalas modelo "Zico" don Julio Martínez patina. Como si el roce sobre las baldosas húmedas no existiera distribuye sonrisas, consejos, secretos cómplices, pedidos de ensaladas de fruta, prestobarbas, sales, miel para la piel, guantes de fibra para jabonarse, bicarbonato para friegas, paños secos y huevos a la copa. Don Julio sabe. Sabe de hípica, de telefunken, de póker, de pool, de comida chilena, de picadas, pero de lo que más sabe es de honor y lealtad, de amistad. Don Julio tiene calle. Tiene noche y tiene barrio. Tiene también una amplia lista de clientes que arrastra desde sus días en la sanguchería Munich en Avenida Vicuña Mackenna o de sus 15 años como camarero en los Baños Monumental o de cuando oficiaba de barman del Bar Liguria de calle Manuel Montt. Don Julio tiene su gente y él lo sabe.

Chillanejo de nacimiento su personalidad tiene la calidez de la provincia y la chispeza de la capital. Gran conversador. Gran contador de historias. El arte del servicio, de atender y hacer sentir cómodo, eso no se compra en la farmacia "es un don" como diría don Julio. Son 40 años atendiendo público. Unas veces con más ropa, otras con menos. Pero a sus 60 años es la encarnación del buen servicio. Sabe que muchos prejuicios rodean a los baños turcos, pero que la mayoría que visita por primer vez "los Miraflores" vuelve, porque los baños turcos te hacen adicto. "El baño turco siempre te hace bien, porque es calidad de vida", repite como un mantra.

"En esto me hago feliz, nací para atender público y mientras pueda lo voy a hacer" sentencia JM. Ama lo que hace y se nota. "La grandeza es querer lo que haces".

Don Julio es el verdadero guardián entre el centeno. El marinero que sabe de tormentas porque ha naufragado mil veces. Mil veces se ha perdido la partida con las cartas correctas en la mano. Mil veces volvería a estos baños turcos.

Usted señor lector no se confunda. Que no se lo cuenten. Vaya.

El turno de don Julio ha terminado. Con el programa de las carreras en la mano el Club Hípico espera, don Julio tiene un dato y le creo.

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