Si el país necesitara más recursos para ciertos programas, se puede llamar a las empresas y pedirles ayuda".

Nos hemos atrincherado. Es el camino del Gobierno o el de los empresarios. Y debe ser el camino del país".
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Rodrigo Abumohor Carniglia (46) es uno de los consejeros más jóvenes de la Sociedad de Fomento Fabril (Sofofa). Representa allí a Manufacturas Interamericanas (Maisa), la empresa familiar de la que es hoy gerente general y que maneja marcas como Arrow, Esprit o Guy Laroche.

Por sus venas corre sangre de tradición gremial. Su abuelo Nicolás fue dirigente empresarial e incluso deportivo, pues con otros trajo el Mundial de Fútbol del 62 a Chile. Y su padre es el ex presidente de la ANFP Ricardo Abumohor. Así se entiende el eco que produjeron sus palabras a fines de noviembre, cuando en plena proclamación de Hermann von Mühlenbrock como carta de la Sofofa para presidir la CPC, pidió la palabra y dijo que sería mejor que el gremio abordara sus desafíos internos antes de hablar de candidaturas.

Ingeniero comercial y hoy profesor de la U. Católica, Rodrigo cuenta con una historia académica, que incluye un MBA en UCLA y pasos por Harvard y Stanford. Su idea fuerza: "Nos hemos quedado estancados. Las instituciones no se han preocupado de dos cosas importantes: redefinirse frente a este mundo nuevo, que ya está presente y que va a ser aún más diferente en los próximos 30 años, donde todos los gremios y las instituciones tienen que repensarse, actualizarse, reposicionarse en una sociedad mucho más empoderada y exigente. Y tampoco se han preocupado de generar nuevos liderazgos y terminamos viendo siempre las mismas caras. ¿Dónde está la gente de recambio? ¿Los líderes jóvenes? ¿Las nuevas opiniones?".

Ad portas de una discusión

—¿Esa reflexión falta en la Sofofa?

—Creo que la Sofofa hoy lo entiende y, para ser franco, estamos ad portas de abordar en profundidad esos dos temas, como una piedra angular del gremio en los próximos años.

—¿Estos temas estaban vetados?

—No. No se trata de temas vetados, sino de dinámicas. La Sofofa es una tremenda organización, que ha hecho un muy buen trabajo. Lo que pasa es que para los próximos 30 años no puede seguir como está hoy. Tiene que cuestionarse, pensar en las nuevas tecnologías, en cómo está posicionada en el mundo social, en su transparencia, en la información que entrega, en la generación de los nuevos liderazgos hacia futuro, etc. No soy quién para decir lo que tiene que hacer, pero sí puedo decir que el repensarse hacia adelante es algo fundamental.

—¿Hay dos bandos en Sofofa? ¿Uno más proclive a los cambios y otro no?

—Todas las organizaciones son reticentes a los cambios. En las empresas pasa lo mismo. Hay gente que tiene más edad, que es más reticente que la gente con menos edad. La gente más antigua lo está entendiendo ahora y está dispuesta.

—¿Quiénes ejercen esa presión?

—No quisiera llamarla presión, prefiero hablar de trabajo, de liderazgo. Hay muchos y de distintas generaciones. Está Alfonso Swett, Bernardo Larraín, Fernando Agüero, que no es de mi generación. Pero todos están en esa línea. Unos con más fuerza que otros.

"Llegó la hora del mea culpa"

—¿Hay un mea culpa en Sofofa por tardar demasiado en dar este paso?

—Hubo ciertos cambios efectivos. Por ejemplo, el sumar a los gremios del país, de norte a sur, a la dinámica de las reuniones. Se hizo en esta administración y es un buen avance, pero hay que profundizarlo no sólo en participación, sino en lo que queremos ser en las próximas décadas.

—¿Duelen las críticas de Jorge Awad, que planteó que la Sofofa tenía influencia sólo en el Parque del Recuerdo aludiendo a la falta de renovación?

—No sé si se justifican. Lo que puedo decir es que las organizaciones no son fáciles de llevar. Hay gente en la Sofofa que trabaja muy duro para hacer una contribución al país. Y siento que hay mucha gente joven, como Janet Awad, por ejemplo, además de Alfonso o Bernardo, que están presentes y están conversando de temas que van a salir a flote. No es fácil cambiar organizaciones que tienen décadas funcionando. Por eso, en vez de hacer una crítica, lo que trataría es ser propositivo, porque lo que necesitamos es unir.

—Según la última encuesta CEP, sigue creciendo la desconfianza en las empresas, y Von Mühlenbrock lo vinculaba en parte a los escándalos de colusión y financieros, ¿lo compartes?

—El grave problema de nuestro país es que se perdió la confianza en los pilares que sostienen nuestra sociedad. Hoy todos tienen reservas mentales con el empresariado, con los políticos, con la Iglesia, dado que el mundo se transparentó y lo que no hicimos bien salió a la luz. Llegó la hora de hacer un mea culpa y tomar los caminos de un nuevo mundo, de una nueva forma de transparencia, de profundizar en los temas sociales con generosidad, con justicia social. La gente de nuestro país es maravillosa, pero necesita creer.

—¿El piedrazo a Andrónico Luksic no produce nada en el empresariado? ¿No queda la sensación de que se hayan cuestionado si se ha perdido la capacidad de conexión con la sociedad?

—He compartido con Andrónico Luksic y creo que tanto él como su familia han hecho un tremendo aporte al país. Él es una persona que merece todo el respeto del mundo. Es muy humilde en sus pensamientos y, por lo tanto, el llegar al punto de la agresión habla de un problema mayor. Si nos vamos a empezar a agarrar a piedrazos, vamos a terminar en otro camino. Mientras estemos pegándonos, por el otro lado van a empezar a llegar los Uber, los Amazon y esta economía nueva y cuando paremos de tirarnos piedras, nos vamos a dar cuenta de que el mundo del futuro nos dejó atrás. Ahí recién vamos a decir que no deberíamos haber perdido el tiempo apedreándonos.

—¿Cómo podría mejorar la imagen del empresariado?

—Por ejemplo, si el país necesitara más recursos para ciertos programas, se puede llamar a las empresas y pedirles ayuda. La empresa puede decir ‘Ok, pago más impuestos, pero ayúdame a generarlos, no me digas que tengo que perder yo para que tú ganes', que es la lógica en la que estamos. El problema es que nos quedamos en la trinchera. En las decisiones pequeñas, en decir que los políticos son un desastre, que los empresarios también, que la Sofofa necesita renovación. Miremos hacia el futuro, pero juntos, que es lo que hoy no se ve.

—¿Cómo crees que convive la Sofofa con el resto de los actores de la sociedad? Tal vez no se la ha visto muy involucrada en los temas relevantes…

—Por eso digo que el país está en una lógica que no ayuda. El Gobierno saca políticas donde el empresariado se siente perjudicado, porque en lugar de equilibrar la cancha, esas medidas pueden generar más pobreza. Uno saca una política y el otro la contesta, y esa es una mala dinámica, porque tiene que ver con ganadores y perdedores. Tiene que haber más diálogo, más conversación, más profundización, más objetivos comunes.

"Todos queremos ir a Disney"

—Algo como lo que vimos antes en la Sofofa, con Juan Claro y Ricardo Lagos y la agenda pro crecimiento...

—Exacto, eso hemos perdido, porque nos hemos atrincherado. Ahora es el camino del Gobierno o el de los empresarios, y la cosa tiene que ser el camino del país.

—En año de elecciones ¿Qué modelo económico en competencia consideras que puede ser el más óptimo?

—Ese es un tema de fondo. Todos queremos estar mejor, disfrutar de la vida y llevar a nuestros hijos a Disney a conocer al ratón Mickey. Pero para que eso pase, hay que crecer y generar riqueza. Hay que ser generoso y hacer que esa riqueza se pueda distribuir de buena manera. Por lo tanto esos dos elementos tienen que estar. No sacamos nada con darle fuerza a los sindicatos para equiparar la cancha si el país deja de crecer. Tampoco ganamos nada sacando leyes para que los empresarios generen mucho, si la sociedad va a quedar rezagada y nadie va a poder llevar a sus hijos a Disney.

(Continúa en la página 32)

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