Un día pinté a la señora Carmen". Angélica Silva

Es una pintora elogiada que hace arte instintivo y que, al mismo tiempo, ejerce de nana en la casa de Carmen Aldunate. En estos instantes, Angélica Silva —57 años, soltera, sin hijos, nacida en Licantén— concede su primera entrevista.

"Yo pinto porque a veces no hallo nada más que hacer", detalla ruborizada por ingresar bruscamente en la vida pública. Afirma que está incómoda porque a ella le gusta vivir callada, o bien mirando la televisión. Además, según informa con el ceño preocupado, ella, la pintora cuyo estilo pictórico ha generado asombro en las dos exposiciones de su obra, está incómoda porque aún tiene que lavar los platos y terminar el aseo. Se le desordenó la rutina porque su jefa, la mujer que pinta mujeres solemnes, se despertó a las 14 horas con un cuadro en la cabeza. Carmen se encerró a toda prisa en su taller al lado de la terraza, ordenó café y frutas, prendió un cigarro y exigió silencio para no alterar la inspiración. Angélica alternó su primer momento de gloria con la confección de un artístico desayuno a deshoras.

"La señora Carmen dice que por favor no la interrumpamos" susurra, ya instalada en el living, la pintora Angélica Silva Bravo.

Esto es arte

Hace ocho años, mientras veía a su jefa confeccionar una pintura, le hizo preguntas sobre el arte. ¿Qué se pinta cuando se pinta, señora Carmen? ¿Los cuadros tienen que ser verdad, señora Carmen? Carmen Aldunate, que pinta concentrada y con los pies firmemente posados en las nubes, la detuvo en seco, le pasó un pincel, una hoja, y le dijo: "Pinta lo que quieras. Pero déjame terminar esto". E inmediatamente Angélica pintó a un simpático señor que jamás había visto. Le llamó Pedro porque en Licantén, dijo, hay un montón de Pedros. Se lo mostró a Carmen.

—¿Lo hiciste tú? —le dijo Carmen con los ojos espantados.

—Sí —concedió la nana.

—¡Esto es arte, Angélica!

—¿Señora?

—¡Arte instintivo!

Le pasó, con el tiempo, más pinceles y más telas. Le dijo, estricta: "¡No uses el rosado, eso es para las tontorronas! ¡Pon más colores oscuros y te prohíbo pintar florcitas. Esto no es Hallmark!". Le dijo: "Ya pues, Angélica, saca lo que tienes adentro". Y Angélica pintó a personas que se habían originado en sus fantasías. A un niño que inventó, a hombres y mujeres e, incluso, ya inflamada de una vocación impensada, pintó a las amigas de Carmen Aldunate. Retrató a Patricia Guzmán, ex directora de revista Caras ("sí, bueno, le encantó"); a una señora de apellido Matte ("le encantó también") y a una distinguida señora de apellido Lanas ("se lo llevó a su casa"). Incluso, en una ocasión, sin rostros a mano, pintó a Michelle Bachelet. "Pero me dijeron que no expusiera ese cuadro porque podía ser antipatriótico".

—Es que ya no sabía a quién pintar —revela con una risa.

—¿Y qué hizo?

—Un día pinté a la señora Carmen.

Carmen Aldunate admitió un trazo firme y colores exactos en el retrato que velozmente colgó en su taller. Consiguió que le montaran una exposición en Zapallar el año 2013. Desde Concepción, Carmen Azócar, propietaria de la galería El Caballo Verde, la reclutó para una exposición el 2014. ("Nunca vi esa frescura", declara la galerista al teléfono). Un coleccionista revisó los detalles de esas pinturas de expresionismo nativo, esas caras con ojos significativos, sin rosado, pero con ternura, mitad tormento y mitad tranquilidad, y compró el primer cuadro en la vida de Angélica Silva. Fueron los $45 mil más inauditos de su existencia.

—¿Cambió su vida?

—Nooo. Yo sigo en lo mío: tener todo bien en la casa de la señora Carmen. Soy su nana hace treinta años.

—¿Qué es el arte?

—No sé, algo bonito. Para mí lo bonito está en todas partes.

Afirma que le gusta Vincent van Gogh porque pinta a personas perfectamente borrosas. Considera a su jefa "fuera de serie". Su color predilecto es el amarillo. Y la palabra "nana" no la avergüenza, sino que le parece dotada de belleza.

Entre colegas

A las 17 horas del martes, Carmen Aldunate hace una pausa en su trance y aterriza en su living con un overol manchado y humo en la cabeza. Abraza a Angélica, su alumna, esa pintora que cocina con maestría las berenjenas.

—¡Ella tiene el genio adentro de su alma! —grita.

—Ay, señora… —la frena la artista.

—¡Es la otra Violeta Parra y nadie lo ha descubierto!

Ambas suelen pintar de noche: Carmen en el taller, escuchando cuentos en inglés; y Angélica en su pieza, sintonizando la televisión. Carmen lleva una vida a la inversa y se acuesta cuando sale el sol. Angélica, una vida convencional y cuando se despierta le lava los pinceles a su jefa. Son, en fin, dos artistas unidas por la pintura y los desayunos. La maestra y la aprendiz, viviendo juntas, tranquilas y a solas.

—Ella tiene lo que los grandes pintores envidian: la fuerza de la pureza —insiste Carmen y corrobora así que el arte no necesita academias, sino mundo interior. Y aunque Angélica sostiene que ya no pinta tanto porque le gusta ir variando sus intereses (por estos días hace telares de alto impacto), reconoce que seguirá pintando.

—A ver…¿sabe?... —y Angélica apunta al reportero—: Le voy a sacar una foto.

—¿Pero por qué? —responde la prensa con nerviosismo.

—A usted lo voy a pintar.

Y entonces el reportero hace una mueca para la inmortalidad, suena el clic y luego todo retoma el ritmo doméstico. Carmen Aldunate va a terminar una obra maestra y Angélica Silva va a la cocina porque tiene que planear la comida.

LEER MÁS
 
Más Información