Nuestro objetivo es que las mujeres nos aceptemos tal como somos", instructora Sandra Barrios.

Antes de comenzar este reportaje, me imaginaba practicando pole dance (o baile del caño, en lenguaje popular) y pensaba que jamás lograría realizar ningún truco.

Es que suena casi imposible que alguien con unos kilitos de más y pasados los 40 (ambas condiciones son mi caso) pudiera colgarse por más de tres segundos de una barra y conseguir hacer alguna figura.

Así, pasando por alto los rollos mentales y los del cuerpo, tomé el teléfono y me puse a llamar a las academias que más me tincaron, según su ubicación y página web, para concertar una clase de prueba de este deporte prometedor: con una hora de ejercicio podría llegar a quemar alrededor de 500 calorías, aumentaría mi flexibilidad, coordinación, tonificaría mis músculos y podría explotar lo más sensual de mi feminidad, ¡ups!

La clase de la mañana

A las 9:30 horas entro al salón de la academia "Go Up Dance", en Vitacura. Allí me espera una sala con siete barras de acero que llegan al techo, espejos en las paredes y la que será la profesora de esta aventura, la venezolana Elena Gallardo. Ella amablemente me da la bienvenida y una toalla chica.

Van entrando, también puntuales, las que serán mis compañeras, cuatro chicas delgadas, de peto y short muy cortos, que se ubican cada una frente a la profesora. De fondo, suena una música rítmica a volumen moderado.

Y partimos con elongación y ejercicios localizados en la colchoneta y en pareja, entre ellos abdominales invertidos, y una "carretilla", donde mi compañera me toma los pies, mientras yo intento caminar con las manos intercalando push ups (flexiones de brazos). Al llegar al final de la sala hay que hacer la posición invertida con ayuda de la dupla, algo imposible en mi caso, pensando que ni en el colegio logré hacer esta figura. Pero mi nueva amiga es empeñosa y con fuerza me agarra las piernas y me ordena poner firme las manos, formando 90 grados con mi tronco y piernas, mientras ella sube mis piernas, y yo, por mi parte, lucho por no caerme de cabeza.

Han pasado 15 minutos, y ya estoy transpirada: tomo la toalla y seco mi frente, tomo agua.

"Vamos ahora al pole", dice la profesora mientras yo, nuevamente, tomo la toalla y me seco la frente. "¡No!, la toalla es para limpiar el pole con alcohol, para que no se te resbalen las manos", me dice. Comienzo a limpiar la barra que me ha tocado. Mi primera tarea, me dice Elena, será familiarizarme con ella, tendré que sentirla. Y me muestra el paso que tendré que hacer, caminando sensualmente alrededor de la barra. Me miro al espejo y me veo tiesa intentándolo. "No es paso militar", me dice Elena y me vuelve a dar el ejemplo mientras camina y se contornea con el "paso del delfín". "Te pones en relevé (los pies en punta) y caminas pensando que hay una cruz en el suelo, y en cada punta haces como que apagas un cigarro con los pies", enfatiza, mientras la miro con atención para poder repetir lo que me enseña.

Mientras, mis compañeras suben, bajan en la barra, como si nada.

Luego de familiarizada, Elena me indica que ahora debo intentar subir: Una mano arriba, la otra más abajo, relevé y sin brinco, unir mi cuerpo a la barra, afirmándola entre los muslos, con la pelvis muy pegada. "Si prefieres te subes la polera para que la piel de tu guata entre en contacto también y te cueste menos", me sugiere Elena, acepto y guata al aire, intento abordar la barra, pero no hay caso, es imposible hacerlo sin saltar y sin la fuerza necesario en mis brazos.

Luego de unos 10 intentos sin conseguirlo, se acerca una de mis compañeras y me ofrece una crema para las manos, de las mismas que usan los escaladores, la que me ayudará a aferrarme al pole. Vuelvo a intentarlo y esta vez sí lo consigo, lo trepo, me mantengo y sonrío. Uff, ¡¡¡por fin!!!

La clase de la tarde

No contenta con el desafío de la mañana, quise conocer la diferencia del Pole Dance, con el Pole Sport que ofrece la academia de Sandra Barrios, en Ñuñoa. Aquí llegué a las 14:00 horas.

Todo es distinto, el salón no tiene espejos y las alumnas son más de una decena de chicas de todas las estructuras físicas. Para mi sorpresa, todas capaces de subir la barra y de realizar piruetas.

En esta ocasión somos cuatro las personas que tomamos el curso por primera vez. Luego de hacer las elongaciones y algunos ejercicios localizados nos juntamos las primerizas y comenzamos a hacer los movimientos en el pole, el que debemos compartir en duplas: Push up soltar, es el primero. Una mano arriba, la otra más abajo, afirmar el pole entre las piernas y luego bajar lentamente. Lo intento y sólo consigo sentir mucho dolor en los muslos. Angie, una de las instructoras, llega a socorrerme y me ayuda a conseguirlo.

Las que llevan más tiempo, suben, bajan, se cuelgan de costado, con una mano, con una pierna. "Con dos semanas de entrenamiento, ya verás cómo logras hacer más movimientos en la barra", me alienta Angie, con la esperanza, tal vez, de que yo continúe con las clases.

Luego seguimos con el "bombero básico", donde tenemos que trabajar con la inercia de una de nuestras piernas para dar vueltas en el pole y terminar afirmada de los muslos y bajarnos de manera sensual. Y finalmente, hacemos un "splits horizontal": manos a la altura de la cara y la planta de un pie extendida totalmente sobre la barra, con los brazos estirados. Bien! Parece más fácil y al menos en uno de los intentos lo consigo.

Con o sin espejos

Dónde practicar

Los bailarines Laura Vásquez y Cristhian Cerpa son el matrimonio dueño de la academia "Go Up Dance" (Vitacura 5255, local 9) y los precursores del Pole Dance en Chile, desde el 2008. En este centro hay clases todos los días en distintos horarios e incluso los sábados para niñas.

En Sandra Barrios (Irarrázaval 4600-A, en Ñuñoa) se practica el Pole Sport, no hay espejos, porque éstos o "te suben mucho la autoestima o te la bajan", afirma Barrios. "Nuestro objetivo es que las mujeres nos aceptemos tal como somos", enfatiza.

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