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La diputada Marcela Sabat es, en la actualidad, una bailarina de 34 años y muchos hematomas. Es una agotada mujer viva que, con tanto desplante físico, dice que está muerta. Es la política más transpirada del momento y quien, a las 17 horas de ayer, mostró su último hallazgo: un moretón le apareció tatuado en el bíceps derecho.

—Otro más —murmura orgullosa.

Se suma al listado de hinchazones que le generó una coreografía. Hace días todos hablan de ella porque empezó a entrenar para el programa "Bailando" de Canal 13. Y tuvo cambios inmediatos. Marcela Sabat, por citar un caso, dejó de afirmarse los muslos con una máquina electro muscular y ahora sólo se tonifica bailando en brazos del bailarín Darwin Ruz. Aprendió que los lifts, una estremecedora maniobra de baile, no son liftings, como ella decía. Ha canalizado su energía. Su piel brilla. No pone reparos si el señor Ruz, desatado por el ritmo, le toca una zona privada. Dice, en concreto, riendo, que el señor Ruz, al ensayar, "ni siquiera invita una cerveza y llega y te agarra el poto". Comenta que vive una terapia. Y ha pasado tres días dando entrevistas y analizando su vida interior.

—Bailar es una forma de expresión —afirma sentada en la cafetería del canal.

—¿Cuál es la relación que hoy tiene con su cuerpo?

—Una relación muy normal. Puede que tenga algún complejo con ciertas partes de mi cuerpo, lo típico de cualquier mujer.

—¿Cuánto pesa? —preguntamos con inocencia.

Y la cara se le desencaja.

—No te lo digo ni cagando. No lo sabe ni mi mamá.

El peso de la fama

El cuerpo de Marcela se compone de 175 centímetros y excelentes formas. Hay consenso en que su aspecto resulta muy agradable a la vista. Pero días atrás un impertinente usó las redes sociales para atacarla. Dijo que no debía bailar porque tenía exceso de peso. La diputada, ex seleccionada nacional de básquetbol y con musculatura vigente, responde con mesura al desgraciado.

—Sé que van a criticar mi físico.

—¿Por qué?

—Porque no soy una mujer apta para la televisión. Soy una mujer común y corriente que se tiene que cuidar muchísimo para no engordar.

—¿Siente que tiene sobrepeso?

—Como toda mujer no más…

En esos instantes intentamos animarla con frases tales como: "Usted está estupenda", "no haga caso a los ociosos", "por favor, no adelgace". Pero la diputada ya proyecta las ofensas que se vienen: "¡Al lado de las demás participantes seré una obesa mórbida!".

Cálmese, le insistimos, usted es atractiva. Usted, agregamos, vista de cerca parece un fideo. Pero la diputada no parecía escuchar: "¡Fideo no soy! ¡A lo más soy un ravioli relleno, huevón!". Añadimos que sin duda es gusto de chileno. Y ella eleva la voz: "¡Eso es lo peor que le pueden decir a una mujer! Al shileno (ironiza con la pronunciación) le gusta la pierna, el tuto…¡a mí no!". Luego ríe, aliviando la atmósfera.

—Más allá del peso, ¿cómo ha tomado las críticas de la gente a su participación en el programa de baile?

—¿Cuáles?

—Dicen que no es el momento para que los políticos se pongan a bailotear…

—Uno: no voy a dejar de cumplir mis labores por estar en el programa. Dos: voy a utilizar mis vacaciones para dedicarme a esto. Y tres: Todo lo que gane lo donaré a la Fundación Villa Padre Hurtado.

—¿No tendrá vacaciones por este programa?

—Así es, y ya me han retado…

—¿No cree que necesita descanso después de un año terrible para la política?

—O sea, voy a tener el tiempo para irme un día o dos a la playa. Ahí veré cómo lo hago.

"No soy monedita de oro", admite, "no le gusto a todo el mundo". Ella quiere bailar. Hoy está enfocada en el ritmo latino, dispuesta a los brincos salvajes, a la ropa ajustada. El reportero la mira, absorto, y nota que ella está buscando la conjunción del cuerpo y la mente, aspira a alcanzar el célebre punto de la integridad. "Además", recalca la diputada, "voy a llegar a más gente. Me mostraré de una forma distinta".

—¿Qué le dicen en el Congreso?

—Me dicen: "Dale con todo". Y admiran mi valentía. Es que lo que no debe haber en política es boletas truchas o malas prácticas.

Respira, se hidrata, saluda a Darwin, un maceteado con carisma. Saluda a un productor de jerarquía que la anima. Da la impresión que domina el mundo del espectáculo, da la impresión que los cursos de teatro y creatividad corporal que tomó tiempo atrás en la Academia Arte Abam le fueron de utilidad.

—Yo creo que bailar no tiene un reproche ético —concluye, feliz.

Mis políticas

Y justamente en la semana que sufrió acoso mediático, ella, junto a otros parlamentarios, logró que se aprobara el proyecto del acoso callejero. "Tiene que ver con un acoso sexual que no tenía tipificación". Da cifras: "Hay un 70% de mujeres agraviadas en la calle". Expone sus traumas: "A mí me pasó de ir por la calle y que un señor que me seguía se abriera el cierre y sacara su…".

—¿Le pasaba seguido?

—Muchas veces. O gallos masturbándose en la micro al lado tuyo. Una vez me tiraron contra una reja, pero como no tenía lesiones no podía hacerse nada ¡Y eso es acoso callejero!

—¿Oralmente puede haber acoso?

—Por supuesto. Lo que pasa es que va a costar en términos probatorios.

—¿La palabra "rica", por ejemplo, puede implicar sanción?

—La persona tiene que sentirse hostigada en términos sexuales.

—¿Esto inhibirá el piropo?

—¡Hay que sacar la caricatura de que los piropos van a ser penalizados!

—¿El piropo sigue vivo?

—Sí. ¡Oye, si los buenos piropos yo los agradezco y me río…!

Este es el instante en que Marcela Sabat se acomoda el peinado y pone cara de diputada. Opina que en el 2015 ella, al menos, creció mucho en la Cámara. Que este es el peor gobierno de la era democrática. Y ratifica que la Presidenta está estresada.

—¿La Presidenta quedó sicológicamente afectada por lo que pasó con su hijo?

—Eso no sólo ha marcado su vida, sino también su trayectoria política.

—¿Le preocuparía tener una Presidenta que tome antidepresivos?

—Me preocupa una Presidenta que no lidere. Que sólo se preocupe de su rol de madre y no de Presidenta.

Quiere que Piñera sea el candidato, especula con un interesante duelo con ME-O. A Ricardo Lagos Escobar lo quiere ayudando desde afuera. Si uno le consulta: ¿Jaime Orpis o Jovino Novoa?, ella suelta un alarido de pavor. Si uno le dice: ¿Carlos Larraín o José Manuel Ossandón? Ella no titubea: "Ossandón". O si le dice: ¿Belleza o trabajo? Ella grita: "¡Trabajo!". Y si uno le dice: ¿Busto o nalga? Ella se cruza de brazos ofendida.

Un momento cursi

—¿Y usted está enamorada del amor? —preguntamos mirándola hondamente.

—Uy, qué cursi.

—Lo cursi siempre es trascendente replicamos con seriedad.

—Bueno… yo soy una enamorada de la vida, la aprovecho a full.

—¿Le corrió una lágrima cuando se lesionó Ignacio Casale en el Dakar?

—No. Pero sí me apené como cualquier chileno que le gusta el motociclismo.

—¿Se dio algún beso con Casale?

—Mira, la experiencia más religiosa, más fogosa, con Ignacio fue el minuto en que los dos tuvimos una pistola en la cabeza…

—¿Se podría decir que Ignacio y usted tuvieron un orgasmo delictivo?

—¡Sí, completamente!

Hay una pausa muy sensual en ese instante.

—¿Conoce el dicho "as you dance, as you love" ("tal como bailas, tal como amas")?

—Perfectamente.

—¿Usted no es tiesa, no? Mataría la fantasía de muchos…

—Si yo fuera tiesa no estaría en este programa…

—¿Entonces baila bien?

Y la bailarina que hace leyes pone una voz lúdica y seductora.

—Yo lo pongo todo y soy súper apasionada —y con una carcajada vital, encendida, se dirige a transpirar a otro ensayo más.

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