El juego de publicar selfies puede convertirse en una insaciable colección de likes. Pura inseguridad".

En marzo se cumplen 10 años desde que el pajarito de Twitter rompió el cascarón. Según registros oficiales, ya son más de 560 millones las personas en el mundo que utilizan esa red social. ¿Cómo nos ha afectado este fenómeno a los chilenos? Ya sumamos 5 millones de usuarios activos y ocupamos el noveno lugar en uso de esta red social a nivel global.

Imposible mejor momento, entonces, para tomarse unos minutos y reflexionar. La psicóloga (y twittera) Dominique Karahanian tiene clarísimo el panorama y desmenuza cómo estas formas de comunicación aumentan nuestra ansiedad y nos pueden hacer más irritables.

Así lo plantea ella: "Parafraseando a Humberto Maturana, se puede decir que los seres humanos somos seres gregarios, sociales, que necesitamos de la interacción con otros para nuestra supervivencia. Por eso que en los albores de mi ejercicio profesional recibí con mucho optimismo la aparición de lo que hoy entendemos por redes sociales… Pero lo que imaginé entonces estaba muy lejos de lo que terminó sucediendo".

La experta recuerda que fue a finales del siglo pasado que surgieron los chats "y las personas sentían que podían tener más cerca a los que estaban lejos. Ya no era necesario juntarse. En ese entonces aparecen las primeras relaciones por internet. Recuerdo a una mujer que me contó que se había enamorado de un canadiense y que se iba a casar… sin nunca haberlo visto en persona. El mundo se me dio vuelta. Ya desde ese entonces el tema me comenzó a intrigar. Lo que para muchos colegas era una locura, a mí me pareció fascinante".

Como terapeuta ha atendido a muchas personas que mantienen relaciones a distancia: "Quedarse un viernes en la noche en casa y no salir a carretear era cada vez más frecuente. Las personas se quedaban online hablando con desconocidos y eso los confortaba". Y de eso a la adicción a Twitter hubo un solo paso: "Twitter se presentó como la fiesta de la que todos hablan, pero te da un poco de pudor ir. Y cuando vas, haces lo que sea por destacar, por ser visto. Hay que pasarlo bien y parecer que lo estás pasando bien. En 140 caracteres debes contar lo que está pasando… y el límite entre lo importante y lo accesorio es muy difuso".

—¿A quién le importa lo que uno twittea?

—En primer lugar al que escribe. Ese ser humano que está detrás y que busca desesperadamente ser visto, valorado y legitimado. Twitter se transformó en un diario de vida que debe ser completado, a veces compulsivamente, incluso cuando estamos reunidos con otras personas. ¿En qué concierto estoy?, ¿qué estoy comiendo?, ¿qué opino sobre alguna noticia?, y un largo etcétera. Esto habla de la profunda soledad de quien twittea y las pseudorrelaciones que establece con otros twitteros.

Y hay más: "Twitter se ha transformado en el pensamiento hablado, en lo que filtramos cuando estamos frente a otro. Y esto ha cambiado la manera como nos relacionamos, porque hoy todo es inmediato, necesito que me respondan ahora, porque después ya no me sirve, nos damos menos tiempo para procesar lo que queremos decir, y entonces nos ponemos ansiosos, irritables e incluso tristes. Llevamos 10 años con Twitter y eso ya se nota en la manera en que nos relacionamos".

La paradoja, según Karahanian, "es que las redes sociales han logrado que las personas se sientan más solas y menos conectadas. Estamos cada vez más cerca de la trama de la película ‘Her', donde nos conviene creer que la voz de Scarlett Johansson es el mundo real".

—¿De qué patologías se puede hablar en estos casos?

—Yo no trabajo desde patologizar a las personas. Un diagnóstico sólo consigue entrampar a las personas en su sufrimiento, y etiquetarlas. Prefiero trabajar desde los recursos que cada uno tiene para conseguir una vida más plena y feliz. Pienso que el uso de redes sociales profundiza la soledad. El pasto del vecino siempre estará más verde, y eso a veces provoca angustia, irritabilidad y sensación de vacío.

Una colección de likes

—¿Conoces casos de jóvenes o adultos cuyas vidas estén trastocadas por culpa de Twitter u otra red social?

—En mi consulta cada vez es más frecuente este tema. Sobre todo aquello que llaman ‘psicopatear', que no es otra cosa que espiar, revisar las cuentas de Facebook, Twitter o Instagram de otra persona, que puede ser tu pareja o tu ex, para ver lo que escribe o a quién le pone likes. Lo mismo ocurre con WhatsApp, donde se puede ver hasta la hora en que otra persona se conectó por última vez. ¿Es eso sano? No. Sólo consigues que crezca la inseguridad en las relaciones y el miedo a ser engañados y quedarse solos (…) Estamos muy fuera y poco dentro. Por eso recomiendo poner límites desde el día uno y desconectarse de los gadgets al menos una hora al día.

—¿Qué se puede decir desde la psicología sobre las selfies?

—Esto es algo más nuevo, y en ese sentido estamos en construcción. Las redes sociales se han ido convirtiendo en parte fundamental de la construcción de nuestra identidad. Por eso el tomarse una selfie y editarla con filtros para verse lo mejor posible, esperando el feedback de otros, opera como un espejo de cómo los demás me perciben, y por tanto me aceptan. En ese sentido el juego de publicar selfies puede convertirse en una insaciable colección de likes. Pura inseguridad. Lo que hay que tener claro es que una fotografía nunca va a mostrar la identidad real de una persona.

—¿Qué solución o tratamiento tiene la adicción a las redes sociales?

—Todo tiene que ver con el equilibrio. No queremos satanizar las redes sociales, porque son muy útiles. La clave está en darse el tiempo para reencontrarse cara a cara con antiguos amigos, conocer gente nueva, aprender cosas distintas. Sugiero usar las redes en la medida en que no me pongan ansioso ni me provoquen otro tipo de dificultades.

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